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Epílogo: Rendida al Duque

Dieciocho meses después.

Bristol seguía hablando de Eleanor Ashford, aunque, por supuesto, ya no la llamaba Eleanor Ashford salvo cuando alguien deseaba fingir una familiaridad que jamás había tenido con ella. 

En los salones, en las tiendas de modistas, en los bancos mejor situados de las iglesias y en las mesas donde las damas fingían tomar té cuando en realidad estaban desollando reputaciones con la misma precisión con que otras mujeres pelaban manzanas, Eleanor era ahora la duquesa de Ravenshire.

A veces decían el título con admiración, otras con veneno, y otras con esa mezcla deliciosa de envidia y resignación que solo podía producir una mujer que había escapado de un compromiso desdichado, había ganado una herencia oculta, se había casado con uno de los hombres más imponentes de Inglaterra y, para colmo, no parecía arrepentida de nada. 

Lady Agatha sostenía que aquello era lo que más indignaba a Bristol: no el escándalo, ni San Luke, ni la caída pública de Robert, ni siquiera el hecho de que Bear Colligan hubiera estado dispuesto a partirle la mandíbula a medio condado por ella. Lo imperdonable, según su tía, era que Eleanor hubiera sobrevivido al desastre sin pedir perdón por haberlo hecho.

Eleanor pensó en aquello esa mañana mientras observaba desde la galería acristalada de la casa de los Colligan cómo la lluvia fina resbalaba por los cristales y convertía el jardín en una mancha verde y plateada. 

No vivía en Westmere. Aquello seguía causando confusión entre quienes necesitaban que las mujeres hicieran siempre lo esperado con aquello que heredaban. Westmere no pertenecía a los Ashford. Tampoco a los Colligan. No formaba parte de ninguna propiedad familiar, ni de ningún acuerdo matrimonial, ni de ninguna contabilidad masculina donde las fincas parecían moverse de apellido en apellido.

Westmere era solo de Eleanor. Suyo de un modo tan claro, tan legal y tan profundamente íntimo que al principio casi le había dado miedo tocar aquella verdad. Y precisamente por eso había decidido no convertirlo en una residencia de verano, ni en un capricho ducal, ni en una finca más donde los hombres discutieran rentas mientras las mujeres elegían cortinas. 

Westmere, con sus tierras húmedas y sus viejos edificios medio abandonados, se había transformado en algo mucho más escandaloso: un pequeño conjunto de casas dignas para quienes jamás habían tenido una. Viudas sin renta, criados ancianos, madres con niños, familias empobrecidas que no necesitaban sermones sino un techo seco, una chimenea segura, una puerta que cerrara bien y una ventana por la que entrara la luz.

Bear la había acompañado la primera vez que los albañiles levantaron los muros nuevos, y Eleanor aún recordaba su silencio. Había caminado a su lado bajo una lluvia persistente, con el sombrero en una mano y la otra en la espalda de ella, como si incluso en campo abierto temiera que el mundo pudiera arrebatarle algo. Durante un buen rato no había dicho nada. Solo miraba las piedras, los planos, los obreros, las marcas en el barro donde se alzarían las primeras viviendas. 

Al final, con esa voz grave que Eleanor había aprendido a distinguir en todas sus formas —la voz de deseo, la de enfado, la de ternura contrariada, la de marido que intenta ser razonable y fracasaba—, Bear había murmurado que ella podría haber construido allí una casa para ambos. 

Eleanor lo había mirado entonces, con el viento metiéndole mechones de cabello bajo la capucha, y le había contestado que ya tenía una casa con él. Bear no había respondido. Se había limitado a mirarla como si acabara de entregarle algo mucho más peligroso que una promesa, y esa noche, al volver a casa, la había amado con una lentitud tan seria, tan agradecida y tan silenciosamente devota que Eleanor había comprendido que a veces una mujer sensata podía rendirse si la causa lo pedía. Y Bear era una causa magnífica. 

Ahora aquellas casas estaban habitadas. Desde la galería, Eleanor no podía ver Westmere, pero a menudo imaginaba sus chimeneas encendidas, los caminos nuevos, los niños corriendo entre los huertos pequeños, las mujeres tendiendo ropa en patios donde nadie podía llamarlas una carga. 

Lady Perla había visitado el lugar dos semanas antes y había encontrado defectos en casi todo: una cocina demasiado estrecha, un tejado que debía reforzarse antes del invierno, una ventana colocada de manera poco inteligente para aprovechar el sol de la tarde. Eleanor ya conocía lo suficiente a su suegra para entender que aquello equivalía a una bendición solemne.

Lady Agatha, en cambio, había sido más clara. Había golpeado el suelo con el bastón, había observado las casas con ojos duros y brillantes, y había dicho que por fin una Ashford hacía algo útil con una propiedad. Después había fingido que le había entrado polvo en el ojo, aunque estaban al aire libre, llovía y nadie tuvo el mal gusto de señalarlo.

Ashford Manor, por su parte, seguía en manos de Robert, aunque decirlo así era una simplificación que habría hecho sonreír a cualquier abogado con sentido del humor. 

Robert lo había conservado, sí, con sus retratos severos, sus deudas antiguas, sus pasillos donde Eleanor había aprendido a caminar sin hacer ruido y aquella fachada respetable que ocultaba más humillaciones de las que jamás admitiría una familia decente.

Pero lo había conservado gracias a un acuerdo de Lady Octavia, y Eleanor sospechaba que no había castigo más refinado para Robert que deberle su salvación a una mujer. Lady Octavia, que podía convertir la falta de cariño en una herramienta política, le había arreglado un matrimonio con Lady Beatrice Harbury, viuda joven de un baronet, hija única de un hombre poderoso y dueña de una fortuna tan sólida que hacía parecer romántico cualquier enlace por conveniencia.

Beatrice no era hermosa en el modo que Bristol premiaba con suspiros, pero tenía una espalda recta, una mirada fría y una mente educada para no pedir permiso donde podía imponer condiciones. Robert se había casado con ella en una ceremonia discreta, elegante y casi fúnebre. Bristol había acudido con la misma expresión con que se asistía a un entierro caro: respetuosa por fuera, hambrienta por dentro.

Desde entonces, según Charlotte, Robert sonreía menos y bebía más, mientras Lady Beatrice administraba Ashford Manor con una eficiencia que habría resultado admirable si no hubiera sido tan aterradora. Eleanor no sentía compasión. O quizás sí, a veces, una compasión delgada y distante, no por el hombre que él era, sino por la ruina de todo lo que pudo haber sido si no hubiera confundido el derecho con la posesión y la ambición con el amor.

—Estás pensando demasiado —dijo Bear desde la puerta.

Eleanor no se volvió enseguida. Sonrió mirando la lluvia, porque había aprendido que su marido detestaba no ser recibido de inmediato y que provocarlo era una de las diversiones más inocentes de su vida matrimonial.

—Soy una mujer con propiedades, una suegra Colligan, una tía Ashford instalada en tu casa y un hijo que ha heredado tu expresión de disgusto. Pensar demasiado es mi única defensa.

Bear cruzó la galería con esa manera suya de moverse que todavía le alteraba el pulso, lenta y poderosa, como si el suelo tuviera la prudencia de sostenerlo sin protestar. Se detuvo detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando una mano amplia sobre su vientre, que empezaba a crecer por segunda vez. Eleanor cerró los ojos un instante. Aquel gesto seguía teniendo la facultad absurda de desarmarla. No porque fuera posesivo, aunque Bear poseía incluso el aire que respiraba cuando la miraba así, sino porque en él había una seguridad que ya no la encerraba. La sostenía.

—Nuestro hijo no tiene expresión de disgusto —dijo él junto a su oído.

—Bear, ayer miró a Tiger durante cinco minutos y luego se echó a llorar.

—Eso demuestra discernimiento.

Eleanor rió, y la risa le salió tan libre que aún se sorprendió un poco, incluso después de dieciocho meses. Su hijo, Thomas Marian Colligan, dormía en el salón azul bajo la vigilancia alterna de tres mujeres que se despreciaban lo suficiente para no ponerse jamás de acuerdo y se querían lo bastante para no admitirlo: Lady Perla, Lady Agatha y la niñera. 

El niño tenía seis meses, un puño firme, el cabello oscuro de Bear y los ojos de Eleanor, según decía Charlotte con una ternura que siempre le ablandaba la voz. Lady Agatha insistía en que poseía inteligencia Ashford y terquedad Colligan, una combinación que, de no corregirse, podía llevarlo al Parlamento o al patíbulo. Lady Perla respondía que ningún nieto suyo acabaría en el patíbulo salvo que fuera estrictamente necesario para defender el honor de la familia. Eleanor, al escuchar aquello, había decidido que quizás su hijo necesitaba una institutriz antes de cumplir el año.

Bear apoyó la boca en su cuello, justo bajo la oreja, en un beso lento que no tenía ninguna intención inocente. Eleanor sintió que el calor se le extendía por la piel con una facilidad vergonzosa. La maternidad no había apagado nada entre ellos. Si acaso, había añadido nuevas formas de ternura al deseo, nuevas pausas, nuevas sonrisas cansadas en mitad de la noche, cuando Thomas lloraba y Bear se levantaba con el cabello revuelto, gruñendo como un oso mal despertado, solo para quedarse luego con el niño contra el pecho, caminando por la habitación hasta calmarlo. Eleanor había visto a aquel duque enorme, temido por deudores y respetado por hombres que jamás admitirían miedo, susurrarle tonterías a un bebé de tres semanas con la gravedad de quien negocia un tratado internacional. Y lo había amado tanto que a veces le dolía.

—Si sigues besándome así —murmuró ella—, llegaremos tarde al almuerzo.

—Ese era mi plan.

—Tu madre ha invitado a media familia.

—Precisamente por eso.

—Y Lady Agatha ha dicho que si no bajas puntual, asumirá que la pasión matrimonial te ha vuelto débil.

Bear levantó la cabeza.

—Tu tía vive en mi casa, critica mi puntualidad, insulta a mis hermanos y ha reorganizado mi biblioteca por autores que considera menos imbéciles. 

Eleanor se volvió entre sus brazos y le puso las manos en el pecho. —Lady Agatha no vive en tu casa.

Bear la miró con falsa severidad.

—¿No?

—Vive en nuestra casa.

Algo cambió en su rostro, como siempre que ella decía nuestra. No era una palabra grande. Pero en Bear parecía abrir puertas secretas. La besó entonces, despacio, con una contención que pertenecía a los pasillos familiares y no a las habitaciones cerradas. Eleanor le devolvió el beso con la misma suavidad, aunque sabía que ambos recordaban perfectamente la diferencia. Él se apartó lo suficiente para rozarle la frente con la suya.

—Duquesa —susurró.

—Oso insoportable.

—Mujer insolente.

Bear sonrió, y Eleanor pensó, como siempre, que aquella sonrisa seguía siendo uno de los milagros privados de su vida. Luego, desde el pasillo, llegó la voz de Tiger.

—Si habéis terminado de producir herederos o de ensayar para ello, vuestra presencia se requiere abajo. Wolf ha llegado con su esposa.

Bear cerró los ojos con expresión de paciencia asesinada.

—Voy a matarlo.

—¿A Tiger?

—A Wolf. A Tiger. A cualquiera que haya decidido convertir el desayuno en una reunión familiar.

Cuando bajaron, la casa de los Colligan tenía ese aire de caos elegante que Eleanor había llegado a considerar normal. Lady Perla estaba de pie junto a la chimenea del salón principal, impecable, con Thomas en brazos y una expresión que sugería que el niño era el único varón Colligan del que todavía podía esperarse una conducta razonable.

Lady Agatha ocupaba el sillón más próximo al fuego, bastón en mano, mirando la escena con el placer sombrío de una general ante un campo de batalla prometedor. Tim estaba junto al aparador, sirviéndose una copa con la resignación de un hombre que había criado demasiados hijos y seguía sorprendiéndose de que sobrevivieran. Tiger, duque de Blackmoor, sonreía como si alguien hubiera dejado una caja de pólvora abierta y él solo esperara una vela. Charlotte, que visitaba a Eleanor con frecuencia desde Ashford Manor y parecía cada día menos cohibida, observaba desde un lado con los ojos muy abiertos.

Lady Cassandra Harcourt también estaba allí.

Aquello, por supuesto, no era casualidad.

Lady Perla podía fingir muchas cosas, pero no inocencia. Había invitado a la hija del duque de Lyndham con el aire de quien solo deseaba una visita agradable, cuando en realidad la había colocado en mitad del salón como quien deja un anzuelo perfectamente afilado en un estanque lleno de peces arrogantes.

Y Tiger lo sabía.

Se notaba en la forma en que evitaba mirarla demasiado.

Lo cual, tratándose de Tiger, equivalía casi a una declaración pública.

En el centro del salón estaba Wolf.

Wolf Colligan, duque de Coldhaven, no parecía un hombre dispuesto a dar explicaciones. Tampoco parecía un hombre que comprendiera por qué los demás las consideraban necesarias. Vestía de negro, como era habitual en él, con esa calma fría que le daba el aspecto de haber nacido en una habitación cerrada con llave. A su lado estaba Helena Vane, duquesa de Coldhaven, su esposa, aunque la palabra esposa seguía produciendo en la familia una reacción parecida a la de una pistola cargada sobre una mesa de té.

Eleanor la recordaba de San Luke, aquella noche en que la verdad había salido de un arcón polvoriento para liberar Westmere y hundir a Robert. Helena ya entonces le había parecido una mujer complicada. Vestía de gris perla, sin joyas llamativas, con el rostro tranquilo y unos ojos oscuros que no pedían aprobación ni ofrecían explicaciones.

Wolf inclinó la cabeza.

—Madre.

—No me llames madre como si eso fuera a mejorar la situación.

Tiger se apoyó en el respaldo de una silla.

—En defensa de Wolf, creo que lleva meses intentando evitar cualquier conversación familiar que incluya la palabra esposa. Es una estrategia cobarde, pero comprensible.

Lady Agatha soltó una tos que sonó peligrosamente parecida a una risa.

Helena Vane miró a Tiger con calma.

—Duque de Blackmoor.

—A su servicio, duquesa. O señora Colligan. O enigma familiar. Aún estamos ajustando los títulos.

—Qué alivio —respondió ella—. Temía que la familia fuera aburrida.

Eleanor sintió que Bear se quedaba muy quieto a su lado. Luego, muy bajo, murmuró:

—Dios nos ayude.

Wolf no apartó la mirada de su madre.

—Helena y yo ya llevamos tiempo casados. No veo por qué seguimos fingiendo que es una noticia.

—Porque, querido —dijo Perla con una dulzura letal—, cuando un hijo mío se casa en secreto, desaparece durante meses, regresa con una esposa a la que apenas conocemos y espera que todos aceptemos la situación como si hubiera cambiado de sastre, la noticia conserva cierta frescura.

—No me casé por capricho.

—Eso espero. El capricho habría sido casi tranquilizador.

Helena entrelazó las manos delante del cuerpo. El anillo brilló con discreción bajo la luz gris de la mañana.

—Nuestro matrimonio obedeció a razones privadas.

—Todos los desastres empiezan así —murmuró Lady Agatha.

Tiger levantó una copa imaginaria. —Y los buenos, además, terminan peor.

Eleanor miró a Bear. Él no sonreía. Observaba a Wolf con esa alarma profunda que solo nace del cariño mal disimulado. No parecía enfadado por el matrimonio. No exactamente. Parecía preocupado por todo lo que Wolf seguía sin decir.

Eleanor le tomó la mano. Bear entrelazó los dedos con los suyos sin apartar los ojos de su hermano.

Perla, por fin, se acercó a Helena. Durante un instante las dos mujeres se estudiaron. 

—Espero que sepa usted lo que ha hecho —dijo Perla.

Helena sostuvo su mirada.

—No del todo, lady Perla. Pero sé por qué lo hice.

Aquella respuesta fue peor que una confesión.

Wolf giró la cabeza hacia su esposa. No hubo ternura visible entre ellos. Tampoco frialdad. Había algo más difícil de nombrar: un pacto. Una deuda. Una alianza que quizás protegía tanto como hería.

Eleanor sintió que la historia cambiaba de manos por un instante. Su propia batalla había terminado. Robert seguía vivo, humillado y mucho menos poderoso. Westmere volvía a respirar bajo su nombre. Bristol podía hablar hasta gastarse la lengua. Lady Agatha podía fingir que no amaba a los Colligan mientras se apropiaba de sus mejores sillones. Bear podía seguir haciéndola rendirse cada noche sin que ella dejara de pertenecerse.

Pero Wolf y Helena guardaban otro secreto.

Uno oscuro.

Uno que no pertenecía a esa historia.

Tiger, en cambio, sí parecía pertenecer peligrosamente a la siguiente.

—En cualquier caso —dijo él, con ligereza estudiada—, Wolf se casó primero. Lo cual significa que, según esa absurda condición matrimonial que nuestros padres inventaron para domesticarnos, Coldhaven ha ganado la apuesta.

Tim cerró los ojos. —No era una apuesta.

—Padre, cuando tres duques solteros reciben una condición relacionada con matrimonio, herencia y propiedades, eso es una apuesta. La única diferencia es que nadie tuvo la decencia de ponerlo por escrito en una mesa de juego.

Lady Cassandra, que hasta entonces había permanecido en silencio, alzó la mirada hacia Tiger.

—¿Y le molesta haber perdido?

Tiger sonrió.

—Lady Cassandra, yo nunca pierdo. Solo permito que otros se adelanten para estudiar el terreno.

—Qué forma tan elegante de llamar derrota a la derrota.

La sonrisa de Tiger no desapareció, pero algo en sus ojos cambió. Eleanor lo vio. Bear también. Cassandra acababa de tocar una fibra que Tiger no estaba acostumbrado a dejar al alcance de nadie.

—Tenga cuidado —dijo Tiger suavemente—. Podría empezar a pensar que disfruta hiriéndome.

—No sea vanidoso, excelencia. Si algún día decido herirlo, lo sabrá.

Lady Agatha murmuró: —Me gusta esa muchacha.

Perla, aún con Thomas en brazos, miró de Cassandra a Tiger con una quietud demasiado interesada.

—Un acuerdo es un acuerdo —dijo Tim, retomando el hilo con evidente cansancio—. Si Wolf se casó antes que sus hermanos, la condición queda cumplida.

Tiger abrió las manos.

—Maravilloso. Coldhaven gana propiedades, negocios y una esposa misteriosa. Bear gana una guerra con los Ashford y una duquesa que lo mira como si todavía no hubiera decidido si adorarlo o matarlo. ¿Y yo qué gano?

Cassandra tomó una taza de té de una bandeja. —Humildad, quizás.

Tiger la miró. —Eso sería una crueldad innecesaria.

—Entonces esperanza —replicó ella—. Aún puede aprender.

El silencio que siguió fue delicioso.

Por primera vez en toda la mañana, Tiger no encontró respuesta inmediata.

Bear se inclinó hacia Eleanor.

—Eso no le ocurre nunca.

—Entonces deberíamos recordarlo —susurró ella—. Quizás sea histórico.

Tiger, todavía mirando a Cassandra, murmuró:

—Me temo que voy a odiar a esta mujer.

Lady Cassandra bebió un sorbo de té sin apartar los ojos de él.

—Qué comienzo tan prometedor.

Y Eleanor, con la mano de Bear entrelazada con la suya, comprendió que algunas historias no empezaban con un beso, ni con una herencia, ni con una promesa.

Algunas empezaban con dos personas demasiado inteligentes para rendirse… y demasiado orgullosas para admitir que ya habían comenzado a caer.

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Epílogo: Entre el Deber y el Deseo

La habitación que habían alquilado en Gretna Green no tenía nada de especial.

Una cama demasiado estrecha para su rango. Una mesa de madera marcada por el uso.

Una ventana pequeña por la que entraba una luz gris, como si el día tampoco tuviera muy claro qué hacer con ellos. Y, sin embargo, el silencio que la llenaba era distinto a cualquier otro que Lady Anne hubiera conocido.

No era el silencio de Derby House.

No era el silencio educado de los salones.

Era, por primera vez en su vida, un silencio sin testigos.

Sin normas.

Sin red.

Sin necesidad de detenimientos morales. 

Anne permanecía junto a la ventana, con los dedos apoyados en el alféizar, sintiendo la aspereza de la madera bajo la piel como si necesitara algo real a lo que aferrarse. No había imaginado su boda así. Ni siquiera en sus pensamientos más rebeldes. 

No había carruajes elegantes ni bendiciones solemnes, ni la aprobación orgullosa de su padre. Solo eso: un hombre detrás de ella. Y una decisión que ya no podía deshacerse.

No estaba asustada. Pero tampoco estaba tranquila.

Era algo más… profundo. Más desconocido. Detrás de ella, Gabriel no se movía.

No porque dudara. Sino porque, por primera vez, no sabía qué era lo correcto.

No había leyes que consultar.

No había precedentes.

Solo ella.

—Anne…

No la llamó milady.

Y ese pequeño detalle, tan sencillo, la desarmó más de lo que habría esperado.

Cerró los ojos un instante antes de girarse. Cuando lo hizo, lo encontró mirándola con una intensidad que no tenía nada que ver con el orgullo ni con la lucha. Era algo más real. 

Más honesto.

—No sé cómo se hace esto —confesó ella.

Sin adornos. Sin pretender ser lo que no era.

La hija de un conde. Una mujer criada para saberlo todo… excepto aquello.

Gabriel dio un paso hacia ella, despacio, tragando saliva y haciendo acopio de todas sus fuerzas para no abalanzarse sobre ella.

—Puede, simplemente, dejarse guiar por mí. 

Aquello le arrancó una sonrisa leve a Anne y un sonrojo evidente. Breve. Casi incrédula. Pero suficiente para que él siguiera avanzando.

Se detuvo a escasa distancia.

Tan cerca que Anne pudo notar el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos.

Y, aun así, él no la tocó.

Todavía no.

Ese control… esa espera… tensó algo dentro de ella más que cualquier gesto apresurado.

—Si quiere podemos dejarlo para otra noche, no tiene por qué ser hoy…

—No.

La respuesta salió demasiado rápido. Demasiado clara. Y lo supo en el mismo instante en que la pronunció.

Pero no se arrepintió. No podía.

Porque, pese a todo… lo había elegido.

A él. Y lo deseaba con una intensidad que no había sabido nombrar hasta entonces.

No había empezado en el jardín.

Ni siquiera en aquel primer roce que la había dejado sin aliento.

Había comenzado mucho antes. Mucho más despacio.

De una forma casi imperceptible.

Lo recordaba inclinado sobre los libros de cuentas, en aquella mesa que siempre parecía demasiado pequeña para él. Un abogado, sí… pero no como los demás. No con aquellos hombros anchos que tensaban la tela de su chaqueta, como si el cuerpo que habitaba no hubiera sido hecho para la quietud ni para la tinta, sino para algo más rudo, más físico.

Recordaba cómo se colocaba las gafas, pequeñas para su rostro, casi inadecuadas, como si pertenecieran a otro hombre. A uno más correcto. Más fácil.

Pero no a él. Nunca a él.

Y, sin embargo, las llevaba.

Porque las necesitaba.

Porque, a pesar de todo, se había hecho a sí mismo en aquel mundo que no estaba pensado para hombres como él. 

Su pelo oscuro, imposible de dominar, siempre ligeramente rebelde por más que intentara peinarlo, terminaba por traicionarlo al cabo de unas horas. Y Anne, sin darse cuenta, había empezado a fijarse en esos pequeños desórdenes… más de lo que habría sido prudente.

Más de lo que habría sido apropiado. Y luego estaban sus manos.

No eran manos elegantes. No del todo.

Había en ellas marcas que no pertenecían a los salones ni a los despachos. Cicatrices que hablaban de otro lugar.

De otra vida: de Old Nichol.

Y cuando ella lo supo… cuando comprendió de verdad de dónde venía, quién había sido antes de convertirse en el hombre que tenía delante… no sintió rechazo. Sintió algo mucho más peligroso: respeto.

Y una atracción que no tenía nada de sensata.

Un bastardo.

Hijo de una dama, la dama por la que ella misma se llamaba Anne como si fuera una burla del destino. 

Criado por una pescadera.

Sostenido, a distancia, por el apellido de un barón.

Nada en él encajaba con lo que le habían enseñado a desear. Y, sin embargo… todo en él la llamaba.

Porque no había artificio. Porque cada cosa en Gabriel había sido ganada.

Construida.

Defendida.

Incluso su atractivo. Incluso su forma de mirarla, como si estuviera midiendo constantemente la distancia entre lo que podía permitirse… y lo que en realidad quería.

Y Anne, que había crecido rodeada de hombres correctos, previsibles, perfectamente educados… no había encontrado nunca nada parecido.

Nada que la hiciera sentir así. Como si, por primera vez, no estuviera obedeciendo un camino trazado para ella… sino eligiendo.

A él.

Con todo lo que eso implicaba.

Con todo lo que eso podía costarle.

Gabriel la tomó entonces, pero no como en el jardín. No con urgencia ni con esa necesidad violenta que había marcado su primer acercamiento. Esta vez fue distinto. Más lento. Más romántico. Como si entendiera que no se trataba de conquistar nada… sino de no hacerlo inolvidable.

Sus manos se apoyaron en ella con firmeza, pero sin exigir. Y cuando la besó, lo hizo despacio.

Dándole tiempo.

Dándose tiempo a sí mismo. 

Anne respondió, no con destreza, sino con una entrega que nacía de algo mucho más íntimo que la experiencia. Sus dedos se aferraron a él con una inseguridad que no intentó ocultar, y eso —precisamente eso— fue lo que hizo que Gabriel se volviera loco. 

Anne Stanley no había sido amable con él en sus primeros encuentros. No de forma consciente, no con crueldad deliberada… pero sí con esa seguridad tranquila de quien nunca ha tenido que preguntarse cuál es su lugar en el mundo. Con esa distancia elegante que, para otros, podía pasar por educación… pero que en él había caído como una forma de recordatorio.

De límite.

De todo lo que no era.

Y Gabriel no olvidaba esas cosas.

No porque guardara rencor.

Sino porque había aprendido a leerlas demasiado bien.

Había visto en ella a la hija de un conde antes que a una mujer. A alguien inaccesible, no por capricho… sino por estructura. Por mundo. Por sangre. Y aquello, lejos de atraerlo, lo había mantenido firme. Controlado. Incluso frío.

Hasta que dejó de ser solo eso. Porque Anne no se había quedado en esa primera impresión.

Había mostrado ser humana.

Había preguntado.

Había discutido con él sin condescendencia.

Y, lo que era más desconcertante… lo había escuchado.

No como alguien que tolera. Sino como alguien que quiere entender.

Eso fue lo primero que lo desarmó.

No su belleza —aunque la había notado desde el principio, sería absurdo negarlo—, sino su cambio. Su capacidad de mirar más allá de lo que le habían enseñado a ver.

Y luego llegó lo demás. La forma en que sostenía su distancia con él, incluso cuando empezaba a cuestionarla.

El modo en que se enfrentaba a él, no desde la superioridad, sino desde una especie de orgullo herido que no sabía esconder del todo.

Y eso… eso lo atrapó.

Porque no era perfecta.

Ni pretendía serlo.

Había en ella momentos de duda, de torpeza, de frustración… y nunca intentaba ocultarlos cuando estaba con él. Como si, de algún modo, hubiera decidido que con Gabriel no hacía falta fingir. Y eso, para un hombre que había vivido toda su vida midiendo cada palabra, cada gesto, cada paso… era peligroso.

Terriblemente peligroso. La deseaba cuando lo miraba como si él no fuera un error en su mundo. Cuando se acercaba un poco más de lo necesario y luego parecía darse cuenta demasiado tarde. Cuando su voz perdía firmeza en medio de una discusión y se obligaba a recuperarla.

La deseaba incluso en su orgullo. En esa forma tan suya de no ceder del todo, de no entregarse sin lucha. Porque hacía que cada pequeño gesto suyo… valiera el doble.

Y, sobre todo, la deseaba por lo que había elegido. Porque Anne Stanley, hija de un conde, criada para obedecer un camino claro y correcto… había decidido casarse  con él.

Sabiendo quién era él.

De dónde venía.

Lo que representaba.

Y aun así… había decidido quedarse. Y eso no era fácil.

No era cómodo.

No era seguro.

Pero era real.

Y Gabriel, que no creía en las concesiones ni en las fantasías… no pudo evitar desearla con todo lo que era.

Porque, por primera vez… no sentía que tuviera que ganarse ese derecho.

Se inclinó  lo justo para rozar sus labios con los de ella de nuevo, como si quisiera memorizarla.

Anne respondió casi de inmediato, aunque su respiración ya no era del todo estable. Había algo en aquella calma que la desarmaba más que cualquier arrebato. Sus manos, que al principio habían permanecido inseguras, encontraron su chaqueta, aferrándose a la tela como si necesitara sostenerse.

Él lo notó.

Todo.

Y no se apartó.

Al contrario.

Deslizó el beso hacia la comisura de sus labios, deteniéndose un instante antes de descender lentamente por su mandíbula. No había prisa en sus gestos. Ninguna. Cuando sus labios alcanzaron su cuello, Anne no pudo evitar estremecerse.

No fue un gesto exagerado.

Fue involuntario.

Real.

Y Gabriel lo sintió bajo sus manos. Se detuvo apenas un segundo, no para retroceder… sino para asegurarse.

Pero ella no se apartó a pesar del temblor. 

No dijo nada.

Solo respiró más hondo.

Y eso fue suficiente.

Sus labios continuaron, más firmes esta vez, recorriendo la piel sensible de su cuello, aprendiendo sus reacciones, deteniéndose donde el pulso latía más rápido. Anne inclinó ligeramente la cabeza sin darse cuenta, ofreciéndose más, traicionando con ese gesto todo lo que aún no sabía decir.

Y él… respondió.

Sus manos, que hasta entonces habían permanecido en su cintura, empezaron a moverse con más decisión. No bruscas. No exigentes. Pero sí seguras.

La tocó como si cada capa fuera importante.

Como si no quisiera arrancarle nada… sino descubrirla.

Cuando sus dedos alcanzaron los cierres de su vestido ella dejó ir un gemido. —Gabriel…

No fue una advertencia.

Ni una petición.

Fue… algo más frágil.

Él alzó ligeramente la cabeza, lo justo para mirarla.

—¿Quiere que pare?

Ella negó, aunque el temblor seguía recorriéndola. —No… es solo…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Gabriel suavizó el gesto, pero no retrocedió. Sus manos continuaron, más despacio ahora, deshaciendo las primeras capas de su vestido con una paciencia que no buscaba dominar… sino tranquilizar.

Anne temblaba.

No de rechazo.

Sino de todo lo que aquello representaba.

De lo que dejaba atrás.

De lo que estaba eligiendo.

Y él lo entendió.

Por eso no apresuró nada.

Por eso cada movimiento fue más lento, más cuidadoso.

Como si, en lugar de desnudarla… la estuviera cubriendo con su amor.

Cuando la tela cedió por fin, Gabriel no se apartó de ella. Volvió a besarla, esta vez con una profundidad distinta, como si aquel gesto cerrara cualquier posibilidad de duda.

Y Anne, aún temblando, respondió. No con certeza.

Pero sí con decisión.

Y eso… fue lo único que él necesitaba para levantarla en volandas y tumbarla en la cama para verla desnuda. Era mucho más hermosa de lo que había imaginado, mucho más pálida, mucho más generosa de pechos de lo que el corsé había querido mostrar, y sus caderas… eras unas caderas para perderse en ellas y no regresar jamás al mundo de los vivos. 

Anne sintió su mirada grisácea, oscurecida hasta decir basta, sobre ella, y se cubrió con los brazos de forma instintiva a pesar de que su intimidad reclamaba otra cosa: dejarse ir. 

Gabriel fue muy consciente de que podía hacerle lo que quisiera; de que, por fin, Anne Stanley, le pertenecía como mujer, como esposa. Pero no por eso, iba a hacerlo mal. Aquella era la primera vez de su esposa, la primera vez juntos, y debía no; necesitaba hacerlo distinto. 

Se inclinó sobre ella, despacio, como si incluso aquel movimiento tuviera que ser eterno. No dejó caer su peso; lo sostuvo en los brazos, manteniéndose apenas sobre su cuerpo, lo suficiente cerca para que Anne sintiera el calor de él rodeándola… pero no atrapándola.

Aquella proximidad la hizo estremecerse. No era la presión lo que la desarmaba, sino todo lo contrario: la certeza de que él podía imponerse… y no lo hacía. Sus manos regresaron a ella con una calma que contrastaba con la tensión que crecía entre ambos, y Anne, bajo él, sintió cómo el aire se volvía imposible de respirar, más difícil…y empezó a respirar con dificultad, entre gemidos y quejidos que él empeoraba acariciando sus pechos, su cintura y, finalmente, sus muslos. Esa parte del cuerpo que ella había guardado tan bien hasta entonces y que ahora no parecía suya, sino de su esposo. 

Cada pequeño movimiento exigía más control de Gabriel del que estaba acostumbrado a ejercer. No porque dudara, sino porque sabía exactamente hasta dónde podía llegar… y estaba eligiendo no hacerlo.

Su respiración se volvió más profunda, más marcada, traicionando una tensión dolorosa que no nacía de la inexperiencia, sino de lo contrario: de un dominio que, por primera vez, no quería imponer.

La notó completamente preparada: húmeda, resbaladiza, sofocada. Y Anne se puso completamente roja, desde el nacimiento del pelo hasta sus pies cuando fue consciente de como reaccionaba su cuerpo bajo las caricias de Gabriel. No fue fácil dejarse tocar por él en ese lugar, quería dar un salto y esconderse bajo las sábanas, pero en lugar de eso, su cuerpo la obligó a quedarse allí y a dejarse ir. Todo empeoró cuando ella ya no fue dueña de sus pensamientos, cuando empezó a gemir con más fuerza y dejó sus piernas abiertas sin ningún pudor. Apenas pudo mirarlo a él porque sus ojos se cerraron con fuerza cuando una fuerza violenta la atravesó desde su bajo vientre y le subió por las entrañas hasta dejarla casi inconsciente de placer. 

Gabriel lo había visto todo, cada detalle, cada reacción suya: la forma de abrir las piernas cuando empezó a deslizar sus dedos por su intimidad, el tamaño de sus pezones al ponerse duros, el sudor de su cuerpo que la hacía brillar, y su pelo rubio desparramado por la cama. Fue entonces, y solo entonces, cuando decidió aliviarse él también. 

La hizo suya entre besos, promesas de amor y un placer indescriptible que lo llevó a embestirla con una violencia casi brutal de la cual, ninguno de los dos, se horrorizó. Porque ambos lo deseaban, porque ambos se acoplaron como si estuvieran hechos el uno para el otro desde su nacimiento y porque Anne, jamás había sido tan feliz. 

Cuando todo terminó, no hubo ruptura.

No inmediata.

Gabriel permaneció sobre ella un instante más, sosteniéndose aún, como si su cuerpo no hubiera comprendido del todo que ya podía ceder. Su respiración era más profunda de lo habitual, irregular, traicionando un control que, por fin, se había resquebrajado.

Fue entonces cuando bajó.

No con peso.

Con rendición.

Apoyó la frente junto a la de Anne, cerrando los ojos un segundo, como si aquel contacto fuera lo único capaz de anclarlo.

Y después… dejó caer el resto.

No sobre ella, sino a su lado.

El brazo aún rodeándola.

Como si soltarla del todo no fuera una opción.

Anne tardó un momento en recuperar el ritmo de su propia respiración. Seguía acelerada, como si su cuerpo no terminara de alcanzar lo que acababa de ocurrir. Sentía cada latido con una claridad casi desconcertante, y aun así… no había incomodidad.

Solo una especie de asombro tranquilo.

No se apartó.

Ni lo intentó.

Se quedó donde estaba, con la mejilla apoyada cerca de su pecho, notando el pulso firme de Gabriel bajo la piel, más rápido de lo que él probablemente habría querido mostrar.

Eso la hizo sonreír.

Muy levemente.

Porque él también había cedido.

—No parecía que fueras a rendirte nunca —murmuró ella, con la voz aún baja, sin fuerza para más.

—No lo tenía previsto —se permitió reír él—. ¿Te he hecho daño?

—En absoluto. Te amo, Gabriel Norfan. 

Gabriel tragó saliva y cerró los ojos. —Yo también la amo, milady —bromeó él, algo poco habitual en su proceder, y Anne rio, feliz, apoyada en él. 

La casa no era grande, pero era suficiente. Se alzaba en una calle tranquila de Derby, apartada del ruido más constante, con una fachada limpia de piedra clara, ventanas bien proporcionadas y una puerta que no necesitaba imponerse para resultar respetable. No era Derby House, nunca lo sería, y, sin embargo, cuando Lady Anne cruzó el umbral por primera vez como esposa, no sintió pérdida, sino algo distinto, algo que le pertenecía de una forma nueva y más íntima: propiedad.

El salón era sobrio, sin exceso de ornamentación, con muebles sólidos elegidos por utilidad más que por exhibición. Había libros, muchos más de los que cualquier dama de sociedad habría considerado necesarios, y había luz, una luz amplia y generosa que parecía ocupar el espacio con una naturalidad que ninguna gran casa había logrado nunca.

—No es…  a lo que está acostumbrada —dijo Gabriel, dejando los guantes sobre una mesa lateral.

No sonó inseguro, pero tampoco completamente tranquilo. Anne recorrió la estancia despacio, observándolo todo sin prisa, como si quisiera aprender cada rincón antes de pronunciar juicio alguno.

—No —respondió al fin, girándose hacia él—. Es mejor.

—La compré con tanto esfuerzo como el cabriolet, aunque supongo que ahora deberé venderlo para comprar un carruaje para ambos. 

—Es suficiente, Míster Norfan. 

—No pretendo que viva en un nivel de vida inferior al que está acostumbrada, milady. Le prometo que trabajaré hasta que tenga el mismo número de sirvientes que en Derby House, por el momento, dispone usted de un mayordomo fiel y de una cocinera que, a su vez, hace de ama de llaves. 

—¿De verdad cree —dijo ella, con una calma que no admitía réplica— que he venido aquí a contar sirvientes? —No alzó la voz, pero tampoco la bajó. No había irritación en ella, sino algo más preciso: claridad—. Soy hija de un conde, sí. Y he vivido rodeada de comodidades que no necesito justificar. Pero no me he casado con su casa —Una leve pausa—. Me he casado con usted. Y no aceptaré que convierta eso en una deuda que tenga que saldar trabajando hasta agotarse. Es más, estoy dispuesta a trabajar tanto como usted, así me ha educado mi madre. 

Dejó que el silencio hiciera su parte antes de continuar, más despacio.

—No soy una dama que se conforme con lo que le dan, Míster Norfan. Soy una mujer que elige dónde está.

Otra pausa, más breve.

—Y he elegido esto.

Señaló la estancia con un gesto contenido.

—Así que no vuelva a prometerme una vida que no le he pedido.

Entonces, y solo entonces, suavizó apenas el tono.

—Si algo ha de crecer aquí… —añadió— no será el número de criados.

Sus labios se curvaron lo justo para que no fuera una sonrisa.

—Será lo que construyamos.

Gabriel no respondió, pero algo en su expresión cedió definitivamente, algo que llevaba tiempo preocupándole y que, por fin, encontraba reposo. No hubo más palabras. No hacían falta. Se instalaron sin ceremonia, sin anunciar nada, como si aquello no fuera una transición, sino el comienzo de un matrimonio dispuesto a hacer las cosas bien. 

Fue tres días después cuando llegó el carruaje.

El sonido se reconocía no por el ruido, sino por lo que implicaba. Lady Anne estaba en el pequeño despacho, revisando unos papeles —porque no había dejado de hacerlo ni siquiera allí— cuando lo oyó. No corrió, pero tampoco caminó despacio. Cuando llegó a la entrada, Gabriel ya estaba allí, erguido, imponente, esperando.

El  buen mayordomo, un señor mayor muy agradable que la recibió con entusiasmo como la nueva señora Norfan, abrió la puerta.

El conde de Derby, con su pomposa levita y sus guantes blancos, descendió del carruaje con la misma precisión de siempre, impecable, recto, pero no distante. Sus ojos buscaron a su hija antes que nada.

—Anne.

Ella no hizo una reverencia perfecta, no esta vez. Se acercó, y eso bastó.

Karen, la condesa, bajó detrás, y tampoco mantuvo distancia. —Hemos tardado demasiado en venir —dijo, con un claro tono de reproche hacia su esposo.

—Sabía que vendríais, madre. Y para mí, eso es suficiente —respondió Anne.

Karen la abrazó sin ceremonias, con una firmeza que hablaba más de alivio que de formalidad. El conde desvió la mirada un instante, como si concediera ese momento antes de reclamar el suyo.

—Míster Norfan.

Gabriel inclinó la cabeza, por educación y por cortesía, más no por sumisión. —Milord.

Hubo un silencio que no era incómodo, pero sí algo violento, como si cada uno eligiera con cuidado el terreno sobre el que iba a avanzar. El conde dio un paso al frente, observó la casa, dejó que su mirada recorriera el espacio antes de volver a fijarse en él.

—No es Derby House.

—No, milord.

—Tampoco es Ashwick House. 

—No, milord. Cualquier relación con mi tío está completamente rota. 

—Pero usted sigue siendo el próximo Barón de Ashwick.

Gabriel sostuvo la mirada del conde sin vacilar.

—No soy necio, milord. Ahora estoy casado y mi deber es ofrecer a su hija una vida digna de ella. Aceptaré el título cuando mi tío fallezca, pero no aceptaré trato alguno con él. Eso lo sabe perfectamente.

—Me alegra oírlo, pero no he venido solo a ver a mi hija —continuó el conde—. He venido a cerrar un asunto.

Gabriel asintió sin sorpresa, como si hubiera esperado ese momento desde antes incluso de cruzar aquella puerta por primera vez. —Ya está resuelto.

Sacó el documento sin solemnidad, una vez que todos se hubieron acomodado en el salón y el mayordomo hubo dispuesto la bandeja de té, con la precisión sobria de quien no necesita adornar aquello que ya es concluyente.

—Las tierras han sido liberadas de toda carga vinculada a Edmund Norfan —explicó—. El tribunal ha dictaminado fraude en la gestión de los documentos y ha anulado cualquier derecho derivado de ellos.

El conde lo tomó y lo revisó una vez, luego otra, con la atención minuciosa de quien no delega lo importante.

—¿Y usted? —preguntó al fin.

—He renunciado a cualquier reclamación personal —respondió Gabriel—. Las tierras vuelven a su señor Conde, a usted. 

Karen observó a su marido sin intervenir, dejando que la decisión naciera donde debía. El conde levantó la vista y negó.

—No.

Fue firme, sin duda.

Gabriel frunció levemente el ceño.

—Milord…

—Son suyas —El peso de la frase cayó con toda su autoridad—. Ahora forman parte de la dote de mi hija —dijo, y en ese mismo gesto extendió un cheque con una cantidad generosa—. Una dote que no se entregó antes porque este matrimonio no contaba aún con mi aprobación —Hubo una leve pausa, medida, deliberada—. Considérelo, Míster Norfan, como lo que es —Alzó la mirada hacia él—. Mi aceptación.

Anne se quedó inmóvil. —Padre…

—No es un regalo —continuó el conde, sin mirarla—. Es una decisión —Se acercó un paso más a Gabriel—. Sé lo que es construir algo —dijo—. Y sé reconocer a un hombre que no lo destruirá.

Gabriel sostuvo su mirada sin orgullo, pero sin falsa humildad. —Las haré crecer, se lo prometo.

El conde asintió una sola vez. —Eso espero.

Karen sonrió entonces, por primera vez sin reservas. —Sabía que no me equivocaba contigo, querido esposo.

Anne miró a ambos hombres y comprendió que aquello no era solo aceptación, sino integración, una forma distinta de pertenecer sin renunciar a lo que había sido. No había perdido su familia. La había transformado.

Y cuando Gabriel tomó su mano, ya sin ocultarlo, ya sin medir el gesto, nadie dijo nada, porque ya no hacía falta.

Edmund Norfan , por su parte, lo perdió todo, menos el orgullo, y en sus últimos días como barón hizo lo único que le quedaba por hacer: reconocer. La baronía de Ashwick pasaría a Gabriel, no como recompensa ni como triunfo, sino como legado.

Pero eso sería otra historia.

Y esta ya estaba completa.

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La Clorosis en humanos

¿Qué era la clorosis según los médicos de la época victoriana?

Se pensaba que era una enfermedad crónica que afectaba solamente a mujeres de entre 14 y 24 años que eran vírgenes. También podía afectar a cualquier mujer que estuviera embarazada o con la menopausia. Además esta clorosis podía recibir otros muchos nombres como: “mal de amor” o “enfermedad de la virgen”.

Los síntomas observados por los médicos en aquella época fueron:
-Palidez que se prolongaba por todo el cuerpo.
-La piel adquiría una coloración amarillo-verdoso.
-Las extremidades inferiores sufrían tensión y lasitud.
-Se producen hemorragias nasales, palpitaciones, dolores de cabeza, somnolenncia, hinchazón de la cara, edemas en los tobillos.
-Trastornos en el apetito, tanto por exceso(obesidad), por ingerir cosas nocivas (ej:tierra) o por defecto (anorexia).
-Síntomas de tristeza, nerviosismo, hipocondría, ganas de llorar, irascibilidad…
-Reducción de la líbido, lipotimias, amenorrea, sofocaciones…
Los tratamientos que se llevaban a cabo para curar esta enfermedad eran:
-Sangrías, en algunos casos con sanguijuelas.
-Recomendaciones dietéticas.
-Píldoras de hierro.
-Pediluvios.
-Descargas eléctricas en el útero.
-El matrimonio o el embarazo.
Por una parte, con este tipo de tratamientos las mujeres no sentían ningún placer como señalaban algunos médicos de la Antigüedad, sino más bien sentían un gran dolor y el lógico abandono del tratamiento. Además, los beneficiarios de estos tratamientos era el patriarca, ya que así controlaba más aún a la mujer, y los farmacéuticos, que obtenían mayores ganancias con la venta de las píldoras de hierro.

Por otra parte es importante destacar que la imagen de la mujer desde la visión de la medicina está teñida de discriminación de género. La mujer siempre ha sido vista como un ser frágil, débil e incluso limitada por sus genitales. Hoy en día este asunto no ha cambiado demasiado ya que muchas mujeres tienen que sufrir de parte de los médicos diagnósticos de `nervios` o causas patológicas en patologías orgánicas claras. Esto tuvo su mayor apogeo entorno al siglo XIX. Época en la cual las mujeres debían ser delicadas, entregadas, sacrificadas y embarazadas.

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Las Mujeres en la Época Victoriana: Luchas y Avances

La época victoriana, que abarca desde 1837 hasta 1901 durante el reinado de la Reina Victoria, fue un período de profundas transformaciones sociales y culturales. En este contexto, las mujeres desempeñaron un papel fundamental y enfrentaron desafíos y limitaciones impuestas por las normas sociales de la época. Sin embargo, también hubo notables avances y luchas en busca de la igualdad de género y la expansión de los derechos de las mujeres. En este artículo, exploraremos la vida de las mujeres en la época victoriana, su rol en la sociedad y las contribuciones que hicieron para allanar el camino hacia una mayor igualdad.

Roles y Expectativas Sociales

Durante la época victoriana, las mujeres se enfrentaron a roles y expectativas sociales rígidos. Se esperaba que se dedicaran a las tareas del hogar, la crianza de los hijos y el mantenimiento de una imagen de virtud y moralidad. A pesar de estas limitaciones, muchas mujeres buscaron formas de expandir sus horizontes y desafiar las normas establecidas.

Educación y Oportunidades

La educación formal para las mujeres era limitada durante la época victoriana. Sin embargo, hubo avances significativos con la apertura de escuelas y universidades exclusivas para mujeres. Estas instituciones brindaron oportunidades educativas a mujeres interesadas en campos como la literatura, la ciencia y la medicina. Destacadas mujeres como Florence Nightingale y George Eliot rompieron barreras y se convirtieron en figuras influyentes en sus respectivos campos.

Movimiento Sufragista

Uno de los aspectos más destacados del activismo femenino durante la época victoriana fue el surgimiento del movimiento sufragista. Las mujeres lucharon por el derecho al voto y la igualdad política. Figuras notables como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett lideraron la lucha, organizando manifestaciones, escribiendo tratados y presionando al gobierno para lograr la igualdad de derechos. Aunque no se alcanzó el sufragio completo hasta después de la época victoriana, el movimiento sufragista sentó las bases para futuros avances en la lucha por los derechos de las mujeres.

Contribuciones en las Artes y la Literatura

La época victoriana también fue testigo de un florecimiento artístico y literario en el que las mujeres desempeñaron un papel destacado. Escritoras como Jane Austen, las hermanas Brontë y Elizabeth Gaskell, entre otras, dejaron un legado duradero con sus obras literarias. Además, las mujeres participaron activamente en la pintura, la música y la actuación, demostrando su talento y contribuyendo al desarrollo cultural de la época.

Reformas Sociales y Laborales

Las mujeres victorianas también se involucraron en la lucha por las reformas sociales y laborales. Participaron en movimientos para mejorar las condiciones de trabajo en las fábricas y para poner fin al trabajo infantil. Además, se comprometieron en la defensa de la atención médica adecuada, la reforma penitenciaria y la abolición de la esclavitud. Su activismo sentó las bases para cambios significativos en las políticas sociales y laborales en el futuro.

La época victoriana fue un período complejo para las mujeres, lleno de desafíos y limitaciones en cuanto a sus roles y derechos. Sin embargo, también fue una época de luchas y avances en la búsqueda de la igualdad de género y la expansión de los derechos de las mujeres. A través de su participación en el movimiento sufragista, sus contribuciones en las artes y la literatura, así como su implicación en las reformas sociales y laborales, las mujeres victorianas allanaron el camino para futuras generaciones. Su valiente lucha y sus logros dejaron un legado duradero, recordándonos la importancia de la igualdad y el empoderamiento de las mujeres en todas las sociedades.

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Los secretos ocultos de la época victoriana

En la rica historia de la época victoriana, hay numerosos secretos y curiosidades que han fascinado a generaciones posteriores. Desde prácticas extrañas hasta eventos misteriosos, la era victoriana alberga una serie de enigmas por descubrir. En este artículo, exploraremos algunos de los secretos más intrigantes de aquel tiempo, revelando historias ocultas que cautivarán a los lectores y les brindarán una visión única de la época victoriana.

El Club de los Muertos Vivientes

Durante la época victoriana, surgieron historias y temores sobre personas que eran enterradas vivas por error. Estos relatos dieron lugar a la formación de un grupo conocido como «El Club de los Muertos Vivientes». En este artículo, exploraremos más a fondo este fenómeno, su origen y las precauciones tomadas en la época victoriana para evitar que las personas fueran enterradas antes de tiempo. El Club de los Muertos Vivientes fue fundado en respuesta a los crecientes temores de ser enterrados vivos. Surgió a mediados del siglo XIX como una organización dedicada a brindar una sensación de seguridad a aquellos que compartían este miedo. El propósito principal del club era ofrecer ataúdes equipados con campanas de seguridad y tubos de aire que permitieran a las personas escapar en caso de que fueran enterradas prematuramente. El miedo a ser enterrado vivo era una preocupación muy real durante la era victoriana debido a la falta de tecnología y conocimientos médicos avanzados. Los informes de personas que despertaban en ataúdes o evidencia de arañazos y marcas en el interior de las tapas de los ataúdes alimentaron aún más estos temores.

El Club de los Muertos Vivientes desempeñó un papel importante en la fabricación y distribución de ataúdes con mecanismos de seguridad. Estos ataúdes estaban equipados con cuerdas o campanas conectadas al interior, permitiendo que la persona sepultada pudiera hacer sonar una alarma en caso de despertar o recuperar la conciencia. También se incorporaban tubos de aire para facilitar la respiración en caso de ser enterrados vivos. Aunque el Club de los Muertos Vivientes ofrecía una medida de tranquilidad, también generó controversia y escepticismo en la sociedad victoriana. Algunos críticos argumentaban que la posibilidad de ser enterrado vivo era exagerada y que los mecanismos de seguridad eran innecesarios o incluso peligrosos. Aunque la existencia exacta y la influencia del Club de los Muertos Vivientes han sido objeto de debate, su legado radica en el reconocimiento de los temores y preocupaciones de la época victoriana sobre el entierro prematuro. Esta preocupación llevó a mejoras en los procedimientos de certificación de la muerte y a la promoción de medidas de seguridad para garantizar que las personas fallecidas no fueran enterradas antes de tiempo. El Club de los Muertos Vivientes fue un grupo que surgió durante la época victoriana para abordar el temor común de ser enterrado vivo. A través de la provisión de ataúdes equipados con campanas de seguridad y tubos de aire, intentaron brindar tranquilidad a aquellos que compartían esta inquietud. Si bien la existencia precisa del club ha sido objeto de debate, su legado destaca la importancia de los temores y precauciones relacionados con el entierro prematuro en la era victoriana.

Jack el Destripador: El Enigma Sin Resolver de la Época Victoriana

Uno de los misterios más notorios e intrigantes de la época victoriana es el caso de Jack el Destripador. Este asesino en serie aterrorizó el distrito de Whitechapel en Londres, dejando una estela de muerte y misterio a su paso. Durante un período de tiempo relativamente corto en 1888, se cometieron una serie de asesinatos brutales en el área de Whitechapel, atribuidos a Jack el Destripador. Las víctimas eran en su mayoría mujeres pobres y prostitutas, lo que generó un debate sobre la explotación social y la falta de seguridad en la época victoriana. Jack el Destripador se ganó su nombre debido a la brutalidad con la que mutilaba a sus víctimas. Utilizaba técnicas quirúrgicas y dejaba marcas distintivas en los cuerpos, lo que sugiere cierto conocimiento anatómico. Estos métodos y la crueldad de los crímenes contribuyeron a crear una atmósfera de terror en la comunidad. La incapacidad de la policía de Scotland Yard para capturar al asesino llevó a una serie de investigaciones frenéticas y a la especulación pública. Los métodos forenses y de investigación de la época eran primitivos en comparación con los de hoy en día, lo que dificultaba el esclarecimiento de los crímenes. A lo largo de los años, han surgido numerosas teorías sobre la identidad de Jack el Destripador. Algunos sospechosos populares incluyen a médicos, nobles y figuras prominentes de la época. Sin embargo, ninguno de estos sospechosos ha sido definitivamente vinculado a los crímenes, y el caso de Jack el Destripador sigue siendo un enigma sin resolver. A pesar de que los crímenes de Jack el Destripador ocurrieron hace más de un siglo, su impacto sigue siendo relevante en la cultura popular y el estudio de la criminalidad. Los asesinatos de Whitechapel han inspirado innumerables libros, películas y obras de teatro, convirtiendo a Jack el Destripador en una figura icónica del mal y el misterio. El caso de Jack el Destripador sigue siendo uno de los mayores enigmas sin resolver de la época victoriana. A medida que el tiempo avanza, es posible que nunca conozcamos la identidad del asesino, lo que perpetúa el aura de intriga y fascinación que rodea a Jack el Destripador. Su historia destaca tanto los aspectos oscuros de la época victoriana como las limitaciones de las investigaciones criminales de la época. Libro en Amazon

La Fotografía de los Espíritus en la Época Victoriana: Explorando el Fascinante Mundo de lo Sobrenatural

En la época victoriana, surgió una tendencia intrigante y controvertida conocida como la fotografía de los espíritus. Esta práctica consistía en capturar imágenes que supuestamente mostraban a seres del más allá. En este artículo, exploraremos el fenómeno de la fotografía de los espíritus en la época victoriana, sus orígenes, técnicas utilizadas y el impacto que tuvo en la sociedad de la época. La fotografía espiritual se hizo popular en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la fotografía en general estaba en auge. Con la creencia generalizada en el espiritismo y la fascinación por el mundo sobrenatural, la fotografía de los espíritus capturó la imaginación de muchas personas. Los fotógrafos espirituales empleaban una variedad de técnicas para crear imágenes que supuestamente mostraban la presencia de espíritus. Estas técnicas incluían el doble exposición, el uso de negativos previamente expuestos y la manipulación de las imágenes durante el proceso de revelado. La fotografía de los espíritus estaba estrechamente ligada al movimiento espiritista, que creía en la comunicación con los muertos. Muchos creían que la fotografía podía proporcionar pruebas tangibles de la existencia de los espíritus y establecer contacto con ellos. A medida que la fotografía espiritual ganaba popularidad, también se generaban dudas y críticas. Algunos argumentaban que las imágenes eran fraudes deliberados o resultados de trucos y manipulaciones. Otros cuestionaban la validez del espiritismo en sí mismo. La fotografía de los espíritus tuvo un impacto significativo en la sociedad victoriana. Alimentó el interés por lo sobrenatural, llevando a la organización de sesiones de espiritismo y la búsqueda de evidencia visual de la existencia de los espíritus. Además, sentó las bases para futuros debates sobre la autenticidad de las imágenes y la influencia de la creencia en lo sobrenatural. La fotografía de los espíritus en la época victoriana representa un capítulo intrigante y controvertido en la historia de la fotografía. Aunque algunas imágenes pueden haber sido producto de trucos y manipulaciones, la práctica refleja el profundo interés de la sociedad victoriana por el mundo espiritual y su búsqueda de pruebas tangibles de la existencia de los espíritus. La fotografía de los espíritus dejó un legado cultural duradero y continúa fascinando a las personas interesadas en el cruce entre la fotografía, el espiritismo y el misterio.

El Escándalo de la Caída de los Calcetines

La época victoriana era conocida por su estricto código de etiqueta y apariencias impecables, surgió un escándalo que sacudió los cimientos de la sociedad: el Escándalo de la Caída de los Calcetines. Este incidente, que parecería trivial a primera vista, reveló la complejidad y los secretos ocultos detrás de la moda y las intrigas de la época. Durante el reinado de la Reina Victoria, la vestimenta era una forma de expresión social y un medio para demostrar estatus y refinamiento. Los calcetines, en particular, eran un accesorio esencial para los hombres de clase alta. Un caballero victoriano debía lucir calcetines perfectamente ajustados, simbolizando así su elegancia y buen gusto. Sin embargo, en los salones de la alta sociedad, comenzaron a circular rumores sobre ciertos individuos cuyos calcetines parecían caerse repetidamente. Este fenómeno aparentemente insignificante generó una intriga desenfrenada y alimentó las especulaciones más salvajes. Los cotilleos y chismes se propagaron rápidamente, y pronto se tejieron teorías conspirativas sobre el origen de la misteriosa caída de los calcetines. Algunos sugirieron que era un sabotaje tramado por enemigos políticos o rivales en el amor, mientras que otros apuntaron a una falta de habilidad en el arte de atarse los cordones de los calcetines. La prensa de la época no perdió la oportunidad de explotar el escándalo, publicando artículos sensacionalistas que aumentaron aún más la curiosidad del público. Los periódicos se llenaron de dibujos y caricaturas que ridiculizaban a los afectados por el misterioso fenómeno. A medida que el escándalo se intensificaba, los hombres de la alta sociedad comenzaron a tomar medidas drásticas para proteger su reputación. Surgieron todo tipo de métodos ingeniosos para evitar que los calcetines se cayeran, desde el uso de bandas elásticas hasta técnicas de atado más elaboradas. Se convirtió en una verdadera competencia por encontrar la solución más efectiva. Finalmente, el Escándalo de la Caída de los Calcetines se desvaneció gradualmente, dejando tras de sí un legado de intrigas y lecciones aprendidas. Este incidente llamativo puso de manifiesto la importancia de la moda y la apariencia en la sociedad victoriana, así como la capacidad de los rumores y las habladurías para capturar la imaginación pública.

El Asesinato de Charles Bravo

En 1876, el abogado Charles Bravo fue encontrado gravemente enfermo en su hogar de Surrey, Inglaterra. Antes de sucumbir a su enfermedad, Bravo hizo una declaración impactante: había sido envenenado. Aunque inicialmente se sospechó de una enfermedad natural, las circunstancias sospechosas y las contradicciones en las declaraciones de los involucrados llevaron a creer que Bravo había sido víctima de un asesinato. El asesinato de Charles Bravo desató una intensa investigación policial y judicial. Los sospechosos incluían a su joven esposa, Florence Bravo, a su suegra y a un criado de la casa. Los testimonios contradictorios y las acusaciones cruzadas hicieron que el caso se volviera aún más enigmático. El caso llegó a juicio en 1877, y las pruebas presentadas fueron insuficientes para llegar a una conclusión definitiva. A pesar de las numerosas teorías y especulaciones, el jurado no pudo determinar quién era el responsable del asesinato. Algunos apuntaban a Florence Bravo como la principal sospechosa, mientras que otros sostenían que el envenenamiento había sido llevado a cabo por un tercero desconocido. El asesinato de Charles Bravo dejó un legado de interrogantes y conjeturas. La falta de una resolución clara y la complejidad de los personajes involucrados alimentaron la fascinación del público y de los medios de comunicación de la época. El caso se convirtió en un tema de conversación en los círculos sociales y se plasmó en obras literarias y teatrales, manteniendo viva la intriga en torno a este misterio sin resolver. El asesinato de Charles Bravo sigue siendo uno de los casos más intrigantes y perturbadores de la época victoriana. Este oscuro episodio revela la oscuridad que se ocultaba tras las fachadas de respetabilidad de la alta sociedad, así como las limitaciones y fallas del sistema judicial de la época.

La Excentricidad de la Moda

La época victoriana se caracterizó por su estricto código de etiqueta y decoro, pero también fue una época de excentricidad en la moda. Durante este periodo, las clases altas de la sociedad británica no solo buscaban destacar con su elegancia, sino que también se aventuraban en estilos audaces y extravagantes que desafiaban los límites de la imaginación. La excentricidad de la moda victoriana dejó una huella duradera en la historia y sigue siendo una fuente de inspiración y asombro en la actualidad. La Reina Victoria, conocida por su conservadurismo, influyó en gran medida en las tendencias de moda de la época. Su estilo personal, que favorecía las siluetas ajustadas y los tonos oscuros, sentó las bases para la elegancia victoriana. Sin embargo, a pesar de su estilo sobrio, su reinado también presenció un florecimiento de excentricidad en la moda. La excentricidad de la moda victoriana se expresó a menudo a través del uso de accesorios llamativos y extravagantes. Desde sombreros adornados con plumas, flores y incluso pequeñas aves disecadas, hasta guantes con bordados elaborados y abanicos con diseños extravagantes, los accesorios eran una forma de mostrar estatus y personalidad en la sociedad victoriana.

La moda victoriana también se caracterizó por sus siluetas y cortes inusuales. Las mujeres lucían vestidos con cinturas estrechas y faldas voluminosas que creaban una figura de reloj de arena. Además, se popularizaron los escotes altos, las mangas exageradas y los volantes excesivos, lo que contribuía a una apariencia dramática y llamativa. Las exploraciones y expediciones hacia tierras lejanas despertaron un gran interés en lo exótico. Esto se reflejó en la moda, donde se adoptaron elementos de otras culturas, como los estampados y tejidos inspirados en Oriente, así como joyas y accesorios con diseños egipcios o africanos. La excentricidad de la moda victoriana encontró su fuente en la fascinación por lo desconocido.

Aunque la moda femenina solía acaparar más atención, la moda masculina también experimentó su dosis de excentricidad en la época victoriana. Los hombres llevaban sombreros de copa alta, chalecos con patrones llamativos y bastones ornamentados. Incluso se popularizó el uso de bigotes y barbas elaboradas, que se convertían en auténticas obras de arte. La excentricidad de la moda en la época victoriana desafió las convenciones sociales y permitió una expresión individual sin precedentes.

El Juego de los Escondites

Detrás de la fachada de la estricta etiqueta y las normas sociales, este juego permitía a las personas de diferentes clases sociales interactuar y disfrutar de momentos de diversión y camaradería en una atmósfera encubierta. El juego de los escondites, también conocido como «Hide and Seek», consistía en que un grupo de jugadores se escondía mientras un «buscador» intentaba encontrarlos. El objetivo principal era encontrar a todos los escondidos antes de que se agotara un límite de tiempo establecido. A pesar de las rígidas divisiones de clase social en la época victoriana, el juego de los escondites proporcionaba una oportunidad única para que las personas de diferentes estratos sociales interactuaran de manera informal y sin barreras. Durante el juego, las distinciones de rango y posición social se atenuaban, permitiendo un ambiente de camaradería y diversión compartida. Para hacer el juego aún más emocionante, se elegían ubicaciones inusuales y exóticas para esconderse, como amplios jardines, parques o incluso grandes mansiones. Además, algunos jugadores se disfrazaban o se camuflaban para ocultarse mejor, añadiendo un elemento de intriga y sorpresa al juego. El juego de los escondites generaba una mezcla de emociones, desde la anticipación y la emoción de encontrar el lugar perfecto para ocultarse, hasta el nerviosismo y la adrenalina de ser encontrado. Los jugadores desarrollaban estrategias ingeniosas para encontrar escondites ingeniosos o para pasar desapercibidos entre la multitud, agregando un elemento de desafío intelectual al juego. El juego de los escondites en la época victoriana puede interpretarse como un reflejo de la sociedad de la época. En un contexto social en el que las apariencias y las convenciones eran prioritarias, este juego proporcionaba un escape lúdico donde las personas podían expresarse de manera más libre y desinhibida. Aunque el juego de los escondites se originó en la época victoriana, ha perdurado a lo largo del tiempo y se ha adaptado a diferentes culturas y épocas. Hoy en día, se sigue jugando en diversas formas, tanto en ambientes familiares como en eventos sociales, manteniendo su espíritu de diversión y camaradería. El juego de los escondites en la época victoriana representaba un escape de las restricciones sociales y permitía a las personas disfrutar de momentos de diversión y camaradería. Este juego reflejaba la necesidad humana de expresarse y relacionarse más allá de las limitaciones impuestas por la sociedad. Aunque en apariencia era solo un juego, el juego de los escondites proporcionaba un espacio donde las personas podían explorar su individualidad y establecer conexiones en un contexto informal y encubierto.

En conclusión, la época victoriana está llena de secretos ocultos que continúan fascinando a las personas hasta el día de hoy. A través de la exploración de los misterios y curiosidades de este período histórico, hemos descubierto un mundo lleno de intrigas, tradiciones peculiares y personajes enigmáticos.

Desde las oscuras prácticas médicas y científicas de la época hasta las estrictas normas sociales y las historias de espíritus y fantasmas, la época victoriana nos brinda una visión intrigante y a veces perturbadora de cómo era la vida en aquel entonces. La sociedad victoriana estaba envuelta en un velo de etiqueta y moralidad, pero debajo de esa fachada se escondían secretos oscuros y desconocidos para muchos.

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Epílogo: Serás mi Condesa

Un año después 

—Esta aquí. Finalmente está aquí —dijo Queenie mientras ella e Ivy esperaban para entrar en la iglesia con sus vestidos de novia. Se tomaron de las manos y estaban tratando de respirar. Cherry estaba cerca de ellas y sonreía. 

  —Sí, queridas mías, por fin ha llegado. A vuestro padre le hubiera encantado ver esto. Veros a los dos casaros al mismo tiempo. Tenía lágrimas en los ojos y se las secó con un pañuelo. Después de un año de haber pasado más tiempo juntas, Cherry y las niñas se conocieron mejor. Ivy estaba más que agradecida por ella. 

  Pero ahora estaba lista para casarse. Hubo muchos obstáculos en el camino. Había sido prudente asegurarse de que todo lo relacionado con la casa estuviera en orden, además de tomarse un tiempo para llorar a su padre antes de fijar la fecha para una ocasión tan importante. Por eso Queenie e Ivy habían decidido casarse juntas, para poder compartir su felicidad. 

  —No puedo creer que haya llegado el momento —Podían oír la música nupcial a través de las puertas cerradas. Dos personas las abrieron, y Lord Edimburgo y el Sr. Miller, los padres de sus futuros maridos, las sonrieron. 

—¿Están listos, mis queridas? —preguntó el viejo Lord Edimburgo, y le tendió el brazo a Ivy. Ivy sonrió y pudo sentir lágrimas en sus ojos. Durante el último año, los padres de Jasper y August se habían convertido en familia para Ivy y su hermana. Les habían abierto sus hogares y las habían hecho sentir plenamente aceptadas en la familia como futuras esposas de los hijos que tanto amaban. Ivy sintió que era una hermosa bendición además de un milagro. Había perdido a su querido padre, pero ahora había ganado dos más, y ella y Queenie estaban a punto de embarcarse en una existencia dichosa. 

  —Sí —respondió Queenie, y tomó el brazo del Sr. Miller. Estaban esperando al final de la iglesia para comenzar a caminar, y Queenie se inclinó para susurrarle al oído a Ivy—. Casi fui a la habitación de padre esta mañana para despertarlo, para contarle nuestras buenas noticias. Estaba medio esperando que él estuviera allí, para abrazarnos, besarnos y decirnos lo orgulloso que está de nosotros.  —Queenie le dedicó a Ivy una sonrisa acuosa. 

  Ivy apretó suavemente la mano de su hermana. —Él estaría feliz por nosotras. Si estuviera aquí, nos lo diría. Ahora, es hora de que nos casemos por fin. 

El cuarteto comenzó a caminar por el pasillo, e Ivy sintió que se le cortó el aliento en el pecho mientras observaba los ojos de todos sobre ellos. Debido a que era una boda doble, y Jasper era un futuro conde, casi toda la alta sociedad estaba allí para ver la boda. Ivy nunca pensó que sería parte de algo como eso. Había esperado una vida escondida en las habitaciones de los enfermos, acostada en la cama todas las horas del día y perdiéndose todo. 

  Ahora, todo había cambiado. En el último año, había ganado fuerza y salud, y el médico de Jasper le dijo que no estaba enferma, solo que se había debilitado por una mala constitución, falta de ejercicio y falta de buena nutrición. Ahora, ella no debería tener ningún problema. 

  Finalmente, las damas llegaron al final del pasillo y sus nuevos suegros se las entregaron a sus esposos. Ivy sonrió mientras tomaba las manos de Jasper. Su corazón latía tan rápido que pensó que se desmayaría de la felicidad. Jasper le guiñó un ojo e Ivy supo en su corazón que todo estaría bien. Ella y su familia habían experimentado muchos problemas el año pasado, pero ahora parecía que el camino de felicidad se abría ante ellos. 

  El obispo comenzó su sermón a la congregación, su voz baja y tranquilizadora hizo que Ivy se sintiera más tranquila. 

  —Usted, Lord Edimburgo y Sr. Miller, toman a estas mujeres, ¿la Srta. Ivy Wright y la Srta. Queenie Wright como a sus legítimas esposas?

  —Sí —dijo August detrás de Ivy. 

  —Sí —añadió Jasper, mirando profundamente a los ojos de Ivy. Sus manos enguantadas apretaron las de ella. El obispo se volvió hacia las damas. 

  —Y ustedes, Ivy Wright y Queenie Wright, toman a estos hombres, ¿Lord Edimburgo y el Sr. Miller, como sus legítimos esposos? 

 —Sí —respondió Queenie con voz tranquila y clara. 

  —Sí —dijo Ivy, y sonrió cuando los ojos de Jasper brillaron hacia ella. 

Todo quedó borroso mientras escuchaba el resto de las palabras del obispo, pero luego hizo la proclamación final y todo quedó sellado. —Ahora los declaro esposos y esposas. Lo que Dios ha juntado, que no lo separe el hombre. 

  Ivy contuvo la respiración cuando Jasper levantó su velo y le acarició la mejilla con los dedos. —Te amo, Ivy —dijo, y luego se inclinó para besarla, sus labios suaves contra los de ella. Cuando él se apartó, ella dijo: —Yo también te amo. 

  La música comenzó de nuevo, y la gente les aplaudió. Ivy se giró para sonreír a la multitud, del brazo de Jasper. —¿Ves? Eres la comidilla de la sociedad —le susurró Jasper al oído—. Solo espera hasta que te conviertas en una aventurera. Entonces realmente tendrán algo de qué hablar. 

  Ivy soltó una risita y los cuatro caminaron por el pasillo, con la multitud guiándolos hacia afuera. Cuando llegaron a las puertas de la iglesia, los vítores volaron por todos lados y se precipitaron a través de él hacia el carruaje que los esperaba. Habían decidido compartir un carruaje para el desayuno de bodas en la casa de Jasper, ya que habían compartido todo lo demás hasta el momento, y aunque Ivy disfrutó de la energía feliz de la multitud, sintió que finalmente podía respirar de nuevo una vez que los cuatro estuvieron solos.

  —Qué hermosa ceremonia —dijo August con una sonrisa, y acercó a su esposa—. Y qué hermosas novias. 

  Queenie se rió. —Usted es siempre el bromista, Sr. Miller. 

  —Y me gusta bromear inmensamente con usted, señora Miller. 

  Ivy se rió junto con Jasper. Todos estaban radiantes y le encantaba compartir el momento con su hermana, porque ambas sabían cómo se sentía la verdadera felicidad en ese momento. —Fue hermoso —dijo Ivy—. Creo que nunca antes había sonreído tanto en el transcurso de una hora. 

  Jasper apretó la mano de Ivy con cariño. —Vuestros padres fueron tan amables de acompañarnos por el pasillo, August y Jasper. Han sido muy amables con nosotras todo el año. 

  —Es cierto —sonrió Jasper—. Y qué año tan largo ha sido. Pero finalmente, por fin, estamos casados—. Besó la mano de Ivy, y ella sintió un aleteo en el vientre cuando él la miró. 

—Pronto seremos bombardeados con invitados de todo tipo —dijo August con un gemido cuando vio que se acercaban la casa de Jasper—. Espero con ansias cuando podamos estar solos, libres de los curiosos y de los chismorreos. 

  —Pero los chismorreos son sobre las señoritas Wright—, bromeó Jasper. —Un logro bien merecido. 

—No me importa lo que digan —respondió Queenie—. Solo me importa nuestra felicidad, y estoy segura de que alguien encontrará fallas en nosotros: la comida, los vestidos, el champán. Seguramente algo no estará del todo bien. 

  August se rió. —Cuánta razón tienes, querida —Él besó su mano—. Pero estoy de acuerdo contigo. Todos nos centraremos en nuestra propia felicidad —Levantó una mano en el aire como si estuviera sosteniendo una copa de champán. Sé que aún no hemos desayunado, pero me gustaría hacer un brindis. Ivy se rió mientras imitaba los movimientos de August, y los cuatro pronto estaban sosteniendo sus manos en el aire, como si estuvieran sosteniendo vasos imaginarios. 

  August se aclaró la garganta. —Me gustaría brindar por nuestra felicidad y por nuestro compromiso de amor. Supe que amaba a Queenie desde el momento en que la vi, y después de mucho tiempo de incertidumbre y trato con personajes sin escrúpulos como el llamado barón, todos hemos llegado al final. Todos hemos encontrado a la persona con la que estábamos destinados a casarnos, y ahora podemos enorgullecernos de eso. ¡Por el matrimonio y una vida de felicidad! —Pretendió chocar su vaso con los demás, y vitorearon. 

—Una vida de dicha—, dijo Jasper al oído de Ivy, y la besó en la sien. —¿Estás lista para eso, mi amor?

—Oh, sí, definitivamente estoy lista para una nueva aventura. 

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Newton Knight, un héroe desconocido

Newton Knight

Newton Knight rompió con muchos paradigmas de su época e hizo sus propias leyes. Él fue un granjero del sur de Misisipí, nacido en el año 1829, obligado a luchar en una guerra por unos ideales que no creía. Los Estados Confederados del Sur llevaron a Newt Knight a luchar como soldado por defender la esclavitud. Por defender unas valores sociales y económicos que solo beneficiaban a los terratenientes sureños y a la triste supremacía blanca.

Newton era nieto de John «Jackie» Knight (1773–1861), uno de los mayores esclavistas del condado de Jones antes de la guerra. El padre de Newton, Albert (1799–1862), sin embargo, ni tuvo esclavos ni heredó ninguno a la muerte de su padre. Newton Knight nunca tuvo esclavos. Su hijo escribió que su padre se oponía moralmente a la institución por sus creencias religiosas (era seguidor de la Primitive Baptist Church). De acuerdo con esas enseñanzas, Newton repudió el alcohol, a diferencia de su padre y su abuelo.

Según los cronistas locales cuentan que Knight y sus hombres establecieron el Estado libre de Jones en el condado de JonesMisisipi, y alrededores durante el apogeo de la guerra. La naturaleza y el alcance de la oposición de la Compañía Knight contra el gobierno confederado está en discusión entre los historiadores. Después de la Guerra Civil, Knight se afilió al Partido Republicano. Era de ideas libertarias y anti-esclavistas, y se oponía a una especie de «populismo» racista de los Demócratas del Sur de entonces, y participó en el Gobierno de Reconstrucción de Misisipi (el Gobierno Federal ocupó militarmente el Sur Confederado después de la Guerra), como miembro del Cuerpo de Alguaciles de los Estados Unidos (US Marshal).

Rachel Knight

En 1875, se casó de hecho en segundas nupcias con Rachel, una esclava liberta, con la que tuvo cinco hijos. Pese a que era ilegal el matrimonio interracial, a lo largo de su historia juntos fueron conocidos como matrimonio. Knight rompió con muchos paradigmas de su época e hizo sus propias leyes. Fue el primero en vivir en una comunidad interracial, el primero que tuvo una familia interracial y fue el primero en ser enterrado en un cementerio destinado sólo para personas negras, para descansar al lado de la más importante mujer de su vida, Rachel.

Newton Kinght y su hijo mestizo

En 1935, su primogénito, Thomas, publicó en un libro sobre su figura,» The life and activities of Captain Newton Knight: And his company and the Free State of Jones County», donde lo retrataba cómo un hombre recto y honrado que había rechazado luchar por una causa en la que no creía.

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Venta de esposas durante la epoca victoriana

¡Hola Mis Astros Bellos! ¿Cómo estáis? He estado unos días sin escribir en el blog. Apenas he tenido tiempo para seguir con mi novela y no quería distraerme de mi prioridad principal. Hoy, sin embargo, he encontrado un pequeño hueco y quiero hablaros de un tema poco conocido: la venta de esposas en el Reino Unido (antes y después de la época victoriana). Espero que os resulte interesante este breve resumen que he hecho.

¿Por qué surgió esta práctica?

Antes del año mil setecientos no existía el divorcio en Inglaterra. Sin embargo, ante la fuerte demanda de la población, a inicios del siglo dieciocho el parlamento asumió la competencia para resolver las peticiones por parte de los hombres. Si un hombre demostraba que su mujer había sido adúltera entonces este podía divorciarse, pero no al revés. La mujer tenía prohibida semejante petición ya que carecía de personalidad jurídica y todos sus bienes eran propiedad de su esposo.

Tampoco era un trámite al alcance de todos. ¡Por supuesto! Solo se lo podían permitir los hombres de clase alta porque era un proceso largo y costoso. Los precios oscilaban entre doscientos y cinco mil libras. Para que os hagáis una idea, la población de clase media solía ganar unas dos libras por semana si trabajaban más de un miembro de la familia. Por supuesto, para ellos era inalcanzable el divorcio. ¿Qué podían hacer?

De esta necesidad de las clases medias o bajas surgió la venta de esposas. No era legal, pero las autoridades lo pasaban por alto. Lo que me ha llamado la atención de este asunto es que la mujer podía solicitar ser vendida si no estaba cómoda con el marido ya fuera por adulterio o por crueldad por parte de este. Una vez más descubrimos que las mujeres de clases más bajas tenían un poquito más de libertad que las de clases altas.

¿Cómo se realizaba la venta de esposas?

Primero colocaban anuncios cerca de su vivienda con el día en el que iba a realizarse la venta. Incluso, si podían permitírselo, lo anunciaban en los periódicos y contrataban a un pregonero que iba anunciándolo por las calles. ¿Os lo imagináis? Si lo hiciéramos ahora quizás tendríamos vergüenza. ¿O no?

Luego, con una soga en el cuello de la esposa, marido y mujer se dirigían a una taberna o a un mercado (el lugar indicado en los anuncios previos). Allí se enumeraban los defectos y las virtudes de la mercancía. Lo gracioso, al menos para mí, era que si la mujer había sido infiel solía ser vendida al amante. Otra veces, eran los propios familiares de la esposa los que la compraban. También podía suceder que fuera un desconocido. En ese caso, no le quedaba más remedio que ir con él y rezar para que su futuro fuera mejor que su pasado.

Los precios rondaban entre los cinco y cincuenta chelines. Lo que serían ahora entre ciento setenta dólares (o euros) y doscientos setenta dólares (o euros).

¿Cómo se formalizaba esta venta?

Al ser un evento público y anunciado, normalmente los conocidos y los vecinos sabían que ese matrimonio había llegado a su fin y que, por ende, ambas personas podían volver a casarse. Algunos con más capacidades económicas, contrataban a un abogado para que redactara los pormenores de la venta. La finalidad era que todo pareciera tan legal cuan fuera posible para que el marido no tuviera responsabilidades financieras con su exmujer. Y a veces hijos, los cuales solían ser vendidos con la esposa.

¿Qué opináis de este hecho histórico?

Dejadme en los comentarios vuestra opinión al respecto. ¡Os leo! A mí, en lo personal, hay casos en los que me ha parecido bien y otros que no tanto. Pero por lo menos, tenían la opción de divorciarse y las mujeres podían solicitarlo. Cosa que en las clases altas era impensable y solían ser condenadas a una vida desgraciada.

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Los desmayos en la época victoriana

Posibles causas de los frecuentes desmayos que leemos en las novelas

Solemos leer en las novelas ambientadas en la época victoriana que las damas se desmayan. La pregunta que nos surge es: ¿por qué?

No es común que una persona se desvanezca por un simple rubor o una emoción intensa. ¿Qué les ocurría a estas jóvenes del siglo XIX?

Expertos en la historia aseguran que esto se debía a sus pesados vestidos. Las faldas de los vestidos eran muy anchas y necesitaban más tela para darle volumen. Llegaban a ponerse hasta seis capas de faldas para conseguir el volumen deseado. Hasta que llegó el invento de la crinolina.

La crinolina, a pesar de parecer un objeto tortuoso, fue una liberación para las mujeres de la época. Que sustituyeron las pesadas capas de ropa por este esqueleto hecho de metal. Claro que todo sus ventajas e inconvenientes, puesto que lo que ganaron en ligereza lo perdieron en seguridad. Varias mujeres murieron quemadas a causa de este artefacto (Lee aquí sobre la crinolina).

Sin embargo, con este artefacto, seguían desmayándose. Por lo que el próximo culpable en la lista son los corsés. Estas prendas fueron muy controvertidas para ese entonces, incluso hubo movimientos en contra. Puesto que, con varillas de ballena, oprimía el cuerpo de la mujer. Incluso provocaban el desplazamiento de órganos internos. ¡Qué peligroso! No podían respirar. Aun así, no fue ningún impedimento para muchas mujeres que montaban bicicleta o practicaban otros deportes. ¿Era él el verdadero culpable? ¿Qué opinan?

Otros piensan que era causa de la alimentación. Muchas jóvenes, en su obsesión por tener la cintura delgada, no se alimentaban correctamente. Esto no me lo creo mucho; al menos entre las damas de clase alta. Porque aunque la belleza de la moda dictaba tener una cintura estrecha, también era importante que las mujeres se mostraran saludables y lozanas para presumir de estatus social.

Pero… ¿y si era fingido?

¿Y si los desmayos eran un pequeño teatrillo femenino? De hecho, en muchas de mis novelas, las protagonistas recorren a fingir ciertos desmayos para conseguir sus objetivos. (En este punto, os recomiendo leer Piel de Luna y Lady Perla y el Caballero de Bristol).

Desde mi punto de vista, esto es mucho más creíble. En la época victoriana las emociones estaban mal vistas, y se juzgaban a las mujeres que expresaban sus sentimientos libremente. Creo que muchas de ellas recorrían a los desmayos para demostrar lo que sentían sin decirlo, puesto que estos sí eran socialmente aceptados. Es más, la fragilidad femenina se veía como una cualidad atractiva. A los hombres les gustaba que las mujeres fueran fáciles de impresionar y que se mostraran indefensas, para así ver reafirmada su masculinidad al protegerlas.

¿Vosotras qué pensáis? ¿Eran vahídos reales o fingidos? ¿Los corsés eran los culpables o la coacción de los sentimientos?

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Crinolina: una asesina de la época victoriana

La crinolina, también llamada miriñaque, fue un invento del año 1850. La gran impulsora de este invento fue la emperatriz Eugenia de Montijo, durante el segundo imperio francés. Esta moda mantenía las faldas ahuecadas con una estructura de metal. No era totalmente rígida, se movía con el balanceo de las piernas y cualquier presión sobre ella, hacía que se moviera uniformemente. ¡Qué novedad! Gracias a la crinolina, las seis capas de enaguas almidonadas desparecieron.

El problema fue que las mujeres no eran conscientes de su volumen cuando las llevaban puestas. Imaginaros que, de repente, vuestras piernas ocupan dos metros de ancho en forma de círculo. ¿Creéis que podríais controlar vuestro espacio vital? Y el otro problema era que no existía la calefacción para ese entonces, sino chimeneas.

Sí, tal y como podéis imaginar, las damas del siglo XIX morían quemadas. Deseosas de calor, se acercaban a los hogares prendidos y sus faldas se quemaban. La crinolina no ayudaba a los demás a socorrerlas y terminaban con graves quemaduras en su cuerpo que les causaban la muerte.

The New York Times informa el 20 de febrero del año 1858: «en la que encontramos catalogadas no menos de diecinueve muertes por esta causa, ocurridas en Inglaterra, entre el 1 de enero y mediados de febrero».

«The New York Times estableció un promedio de tres muertes semanales a causa de la crinolina. No exageraba: solo Oscar Wilde perdió dos hermanas (por parte de padre) abrasadas a causa de sus enormes faldas. Emily y Mary fueron invitadas a un baile. La falda de una de ellas se incendió a causa de la crinolina mientras bailaba el último vals. El fuego alcanzó el vestido de su hermana, que se había acercado para intentar ayudarla. Aunque el anfitrión trató de cubrirlas con su capa y las hizo rodar escaleras abajo hasta la nieve, no pudo hacer nada por salvarlas. La muerte de Emily y Mary, en 1871, fue un hecho traumático para el poeta irlandés, que ya había visto morir a una hermana. Solo Northern Standard se hizo eco de la tragedia. Texto extraído de: https://www.yorokobu.es/muerte-y-contrabando-las-consecuencias-la-crinolina-victoriana/