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Novelas Victoriana Inglesa

Epílogo: Entre el Deber y el Deseo

La habitación que habían alquilado en Gretna Green no tenía nada de especial.

Una cama demasiado estrecha para su rango. Una mesa de madera marcada por el uso.

Una ventana pequeña por la que entraba una luz gris, como si el día tampoco tuviera muy claro qué hacer con ellos. Y, sin embargo, el silencio que la llenaba era distinto a cualquier otro que Lady Anne hubiera conocido.

No era el silencio de Derby House.

No era el silencio educado de los salones.

Era, por primera vez en su vida, un silencio sin testigos.

Sin normas.

Sin red.

Sin necesidad de detenimientos morales. 

Anne permanecía junto a la ventana, con los dedos apoyados en el alféizar, sintiendo la aspereza de la madera bajo la piel como si necesitara algo real a lo que aferrarse. No había imaginado su boda así. Ni siquiera en sus pensamientos más rebeldes. 

No había carruajes elegantes ni bendiciones solemnes, ni la aprobación orgullosa de su padre. Solo eso: un hombre detrás de ella. Y una decisión que ya no podía deshacerse.

No estaba asustada. Pero tampoco estaba tranquila.

Era algo más… profundo. Más desconocido. Detrás de ella, Gabriel no se movía.

No porque dudara. Sino porque, por primera vez, no sabía qué era lo correcto.

No había leyes que consultar.

No había precedentes.

Solo ella.

—Anne…

No la llamó milady.

Y ese pequeño detalle, tan sencillo, la desarmó más de lo que habría esperado.

Cerró los ojos un instante antes de girarse. Cuando lo hizo, lo encontró mirándola con una intensidad que no tenía nada que ver con el orgullo ni con la lucha. Era algo más real. 

Más honesto.

—No sé cómo se hace esto —confesó ella.

Sin adornos. Sin pretender ser lo que no era.

La hija de un conde. Una mujer criada para saberlo todo… excepto aquello.

Gabriel dio un paso hacia ella, despacio, tragando saliva y haciendo acopio de todas sus fuerzas para no abalanzarse sobre ella.

—Puede, simplemente, dejarse guiar por mí. 

Aquello le arrancó una sonrisa leve a Anne y un sonrojo evidente. Breve. Casi incrédula. Pero suficiente para que él siguiera avanzando.

Se detuvo a escasa distancia.

Tan cerca que Anne pudo notar el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos.

Y, aun así, él no la tocó.

Todavía no.

Ese control… esa espera… tensó algo dentro de ella más que cualquier gesto apresurado.

—Si quiere podemos dejarlo para otra noche, no tiene por qué ser hoy…

—No.

La respuesta salió demasiado rápido. Demasiado clara. Y lo supo en el mismo instante en que la pronunció.

Pero no se arrepintió. No podía.

Porque, pese a todo… lo había elegido.

A él. Y lo deseaba con una intensidad que no había sabido nombrar hasta entonces.

No había empezado en el jardín.

Ni siquiera en aquel primer roce que la había dejado sin aliento.

Había comenzado mucho antes. Mucho más despacio.

De una forma casi imperceptible.

Lo recordaba inclinado sobre los libros de cuentas, en aquella mesa que siempre parecía demasiado pequeña para él. Un abogado, sí… pero no como los demás. No con aquellos hombros anchos que tensaban la tela de su chaqueta, como si el cuerpo que habitaba no hubiera sido hecho para la quietud ni para la tinta, sino para algo más rudo, más físico.

Recordaba cómo se colocaba las gafas, pequeñas para su rostro, casi inadecuadas, como si pertenecieran a otro hombre. A uno más correcto. Más fácil.

Pero no a él. Nunca a él.

Y, sin embargo, las llevaba.

Porque las necesitaba.

Porque, a pesar de todo, se había hecho a sí mismo en aquel mundo que no estaba pensado para hombres como él. 

Su pelo oscuro, imposible de dominar, siempre ligeramente rebelde por más que intentara peinarlo, terminaba por traicionarlo al cabo de unas horas. Y Anne, sin darse cuenta, había empezado a fijarse en esos pequeños desórdenes… más de lo que habría sido prudente.

Más de lo que habría sido apropiado. Y luego estaban sus manos.

No eran manos elegantes. No del todo.

Había en ellas marcas que no pertenecían a los salones ni a los despachos. Cicatrices que hablaban de otro lugar.

De otra vida: de Old Nichol.

Y cuando ella lo supo… cuando comprendió de verdad de dónde venía, quién había sido antes de convertirse en el hombre que tenía delante… no sintió rechazo. Sintió algo mucho más peligroso: respeto.

Y una atracción que no tenía nada de sensata.

Un bastardo.

Hijo de una dama, la dama por la que ella misma se llamaba Anne como si fuera una burla del destino. 

Criado por una pescadera.

Sostenido, a distancia, por el apellido de un barón.

Nada en él encajaba con lo que le habían enseñado a desear. Y, sin embargo… todo en él la llamaba.

Porque no había artificio. Porque cada cosa en Gabriel había sido ganada.

Construida.

Defendida.

Incluso su atractivo. Incluso su forma de mirarla, como si estuviera midiendo constantemente la distancia entre lo que podía permitirse… y lo que en realidad quería.

Y Anne, que había crecido rodeada de hombres correctos, previsibles, perfectamente educados… no había encontrado nunca nada parecido.

Nada que la hiciera sentir así. Como si, por primera vez, no estuviera obedeciendo un camino trazado para ella… sino eligiendo.

A él.

Con todo lo que eso implicaba.

Con todo lo que eso podía costarle.

Gabriel la tomó entonces, pero no como en el jardín. No con urgencia ni con esa necesidad violenta que había marcado su primer acercamiento. Esta vez fue distinto. Más lento. Más romántico. Como si entendiera que no se trataba de conquistar nada… sino de no hacerlo inolvidable.

Sus manos se apoyaron en ella con firmeza, pero sin exigir. Y cuando la besó, lo hizo despacio.

Dándole tiempo.

Dándose tiempo a sí mismo. 

Anne respondió, no con destreza, sino con una entrega que nacía de algo mucho más íntimo que la experiencia. Sus dedos se aferraron a él con una inseguridad que no intentó ocultar, y eso —precisamente eso— fue lo que hizo que Gabriel se volviera loco. 

Anne Stanley no había sido amable con él en sus primeros encuentros. No de forma consciente, no con crueldad deliberada… pero sí con esa seguridad tranquila de quien nunca ha tenido que preguntarse cuál es su lugar en el mundo. Con esa distancia elegante que, para otros, podía pasar por educación… pero que en él había caído como una forma de recordatorio.

De límite.

De todo lo que no era.

Y Gabriel no olvidaba esas cosas.

No porque guardara rencor.

Sino porque había aprendido a leerlas demasiado bien.

Había visto en ella a la hija de un conde antes que a una mujer. A alguien inaccesible, no por capricho… sino por estructura. Por mundo. Por sangre. Y aquello, lejos de atraerlo, lo había mantenido firme. Controlado. Incluso frío.

Hasta que dejó de ser solo eso. Porque Anne no se había quedado en esa primera impresión.

Había mostrado ser humana.

Había preguntado.

Había discutido con él sin condescendencia.

Y, lo que era más desconcertante… lo había escuchado.

No como alguien que tolera. Sino como alguien que quiere entender.

Eso fue lo primero que lo desarmó.

No su belleza —aunque la había notado desde el principio, sería absurdo negarlo—, sino su cambio. Su capacidad de mirar más allá de lo que le habían enseñado a ver.

Y luego llegó lo demás. La forma en que sostenía su distancia con él, incluso cuando empezaba a cuestionarla.

El modo en que se enfrentaba a él, no desde la superioridad, sino desde una especie de orgullo herido que no sabía esconder del todo.

Y eso… eso lo atrapó.

Porque no era perfecta.

Ni pretendía serlo.

Había en ella momentos de duda, de torpeza, de frustración… y nunca intentaba ocultarlos cuando estaba con él. Como si, de algún modo, hubiera decidido que con Gabriel no hacía falta fingir. Y eso, para un hombre que había vivido toda su vida midiendo cada palabra, cada gesto, cada paso… era peligroso.

Terriblemente peligroso. La deseaba cuando lo miraba como si él no fuera un error en su mundo. Cuando se acercaba un poco más de lo necesario y luego parecía darse cuenta demasiado tarde. Cuando su voz perdía firmeza en medio de una discusión y se obligaba a recuperarla.

La deseaba incluso en su orgullo. En esa forma tan suya de no ceder del todo, de no entregarse sin lucha. Porque hacía que cada pequeño gesto suyo… valiera el doble.

Y, sobre todo, la deseaba por lo que había elegido. Porque Anne Stanley, hija de un conde, criada para obedecer un camino claro y correcto… había decidido casarse  con él.

Sabiendo quién era él.

De dónde venía.

Lo que representaba.

Y aun así… había decidido quedarse. Y eso no era fácil.

No era cómodo.

No era seguro.

Pero era real.

Y Gabriel, que no creía en las concesiones ni en las fantasías… no pudo evitar desearla con todo lo que era.

Porque, por primera vez… no sentía que tuviera que ganarse ese derecho.

Se inclinó  lo justo para rozar sus labios con los de ella de nuevo, como si quisiera memorizarla.

Anne respondió casi de inmediato, aunque su respiración ya no era del todo estable. Había algo en aquella calma que la desarmaba más que cualquier arrebato. Sus manos, que al principio habían permanecido inseguras, encontraron su chaqueta, aferrándose a la tela como si necesitara sostenerse.

Él lo notó.

Todo.

Y no se apartó.

Al contrario.

Deslizó el beso hacia la comisura de sus labios, deteniéndose un instante antes de descender lentamente por su mandíbula. No había prisa en sus gestos. Ninguna. Cuando sus labios alcanzaron su cuello, Anne no pudo evitar estremecerse.

No fue un gesto exagerado.

Fue involuntario.

Real.

Y Gabriel lo sintió bajo sus manos. Se detuvo apenas un segundo, no para retroceder… sino para asegurarse.

Pero ella no se apartó a pesar del temblor. 

No dijo nada.

Solo respiró más hondo.

Y eso fue suficiente.

Sus labios continuaron, más firmes esta vez, recorriendo la piel sensible de su cuello, aprendiendo sus reacciones, deteniéndose donde el pulso latía más rápido. Anne inclinó ligeramente la cabeza sin darse cuenta, ofreciéndose más, traicionando con ese gesto todo lo que aún no sabía decir.

Y él… respondió.

Sus manos, que hasta entonces habían permanecido en su cintura, empezaron a moverse con más decisión. No bruscas. No exigentes. Pero sí seguras.

La tocó como si cada capa fuera importante.

Como si no quisiera arrancarle nada… sino descubrirla.

Cuando sus dedos alcanzaron los cierres de su vestido ella dejó ir un gemido. —Gabriel…

No fue una advertencia.

Ni una petición.

Fue… algo más frágil.

Él alzó ligeramente la cabeza, lo justo para mirarla.

—¿Quiere que pare?

Ella negó, aunque el temblor seguía recorriéndola. —No… es solo…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Gabriel suavizó el gesto, pero no retrocedió. Sus manos continuaron, más despacio ahora, deshaciendo las primeras capas de su vestido con una paciencia que no buscaba dominar… sino tranquilizar.

Anne temblaba.

No de rechazo.

Sino de todo lo que aquello representaba.

De lo que dejaba atrás.

De lo que estaba eligiendo.

Y él lo entendió.

Por eso no apresuró nada.

Por eso cada movimiento fue más lento, más cuidadoso.

Como si, en lugar de desnudarla… la estuviera cubriendo con su amor.

Cuando la tela cedió por fin, Gabriel no se apartó de ella. Volvió a besarla, esta vez con una profundidad distinta, como si aquel gesto cerrara cualquier posibilidad de duda.

Y Anne, aún temblando, respondió. No con certeza.

Pero sí con decisión.

Y eso… fue lo único que él necesitaba para levantarla en volandas y tumbarla en la cama para verla desnuda. Era mucho más hermosa de lo que había imaginado, mucho más pálida, mucho más generosa de pechos de lo que el corsé había querido mostrar, y sus caderas… eras unas caderas para perderse en ellas y no regresar jamás al mundo de los vivos. 

Anne sintió su mirada grisácea, oscurecida hasta decir basta, sobre ella, y se cubrió con los brazos de forma instintiva a pesar de que su intimidad reclamaba otra cosa: dejarse ir. 

Gabriel fue muy consciente de que podía hacerle lo que quisiera; de que, por fin, Anne Stanley, le pertenecía como mujer, como esposa. Pero no por eso, iba a hacerlo mal. Aquella era la primera vez de su esposa, la primera vez juntos, y debía no; necesitaba hacerlo distinto. 

Se inclinó sobre ella, despacio, como si incluso aquel movimiento tuviera que ser eterno. No dejó caer su peso; lo sostuvo en los brazos, manteniéndose apenas sobre su cuerpo, lo suficiente cerca para que Anne sintiera el calor de él rodeándola… pero no atrapándola.

Aquella proximidad la hizo estremecerse. No era la presión lo que la desarmaba, sino todo lo contrario: la certeza de que él podía imponerse… y no lo hacía. Sus manos regresaron a ella con una calma que contrastaba con la tensión que crecía entre ambos, y Anne, bajo él, sintió cómo el aire se volvía imposible de respirar, más difícil…y empezó a respirar con dificultad, entre gemidos y quejidos que él empeoraba acariciando sus pechos, su cintura y, finalmente, sus muslos. Esa parte del cuerpo que ella había guardado tan bien hasta entonces y que ahora no parecía suya, sino de su esposo. 

Cada pequeño movimiento exigía más control de Gabriel del que estaba acostumbrado a ejercer. No porque dudara, sino porque sabía exactamente hasta dónde podía llegar… y estaba eligiendo no hacerlo.

Su respiración se volvió más profunda, más marcada, traicionando una tensión dolorosa que no nacía de la inexperiencia, sino de lo contrario: de un dominio que, por primera vez, no quería imponer.

La notó completamente preparada: húmeda, resbaladiza, sofocada. Y Anne se puso completamente roja, desde el nacimiento del pelo hasta sus pies cuando fue consciente de como reaccionaba su cuerpo bajo las caricias de Gabriel. No fue fácil dejarse tocar por él en ese lugar, quería dar un salto y esconderse bajo las sábanas, pero en lugar de eso, su cuerpo la obligó a quedarse allí y a dejarse ir. Todo empeoró cuando ella ya no fue dueña de sus pensamientos, cuando empezó a gemir con más fuerza y dejó sus piernas abiertas sin ningún pudor. Apenas pudo mirarlo a él porque sus ojos se cerraron con fuerza cuando una fuerza violenta la atravesó desde su bajo vientre y le subió por las entrañas hasta dejarla casi inconsciente de placer. 

Gabriel lo había visto todo, cada detalle, cada reacción suya: la forma de abrir las piernas cuando empezó a deslizar sus dedos por su intimidad, el tamaño de sus pezones al ponerse duros, el sudor de su cuerpo que la hacía brillar, y su pelo rubio desparramado por la cama. Fue entonces, y solo entonces, cuando decidió aliviarse él también. 

La hizo suya entre besos, promesas de amor y un placer indescriptible que lo llevó a embestirla con una violencia casi brutal de la cual, ninguno de los dos, se horrorizó. Porque ambos lo deseaban, porque ambos se acoplaron como si estuvieran hechos el uno para el otro desde su nacimiento y porque Anne, jamás había sido tan feliz. 

Cuando todo terminó, no hubo ruptura.

No inmediata.

Gabriel permaneció sobre ella un instante más, sosteniéndose aún, como si su cuerpo no hubiera comprendido del todo que ya podía ceder. Su respiración era más profunda de lo habitual, irregular, traicionando un control que, por fin, se había resquebrajado.

Fue entonces cuando bajó.

No con peso.

Con rendición.

Apoyó la frente junto a la de Anne, cerrando los ojos un segundo, como si aquel contacto fuera lo único capaz de anclarlo.

Y después… dejó caer el resto.

No sobre ella, sino a su lado.

El brazo aún rodeándola.

Como si soltarla del todo no fuera una opción.

Anne tardó un momento en recuperar el ritmo de su propia respiración. Seguía acelerada, como si su cuerpo no terminara de alcanzar lo que acababa de ocurrir. Sentía cada latido con una claridad casi desconcertante, y aun así… no había incomodidad.

Solo una especie de asombro tranquilo.

No se apartó.

Ni lo intentó.

Se quedó donde estaba, con la mejilla apoyada cerca de su pecho, notando el pulso firme de Gabriel bajo la piel, más rápido de lo que él probablemente habría querido mostrar.

Eso la hizo sonreír.

Muy levemente.

Porque él también había cedido.

—No parecía que fueras a rendirte nunca —murmuró ella, con la voz aún baja, sin fuerza para más.

—No lo tenía previsto —se permitió reír él—. ¿Te he hecho daño?

—En absoluto. Te amo, Gabriel Norfan. 

Gabriel tragó saliva y cerró los ojos. —Yo también la amo, milady —bromeó él, algo poco habitual en su proceder, y Anne rio, feliz, apoyada en él. 

La casa no era grande, pero era suficiente. Se alzaba en una calle tranquila de Derby, apartada del ruido más constante, con una fachada limpia de piedra clara, ventanas bien proporcionadas y una puerta que no necesitaba imponerse para resultar respetable. No era Derby House, nunca lo sería, y, sin embargo, cuando Lady Anne cruzó el umbral por primera vez como esposa, no sintió pérdida, sino algo distinto, algo que le pertenecía de una forma nueva y más íntima: propiedad.

El salón era sobrio, sin exceso de ornamentación, con muebles sólidos elegidos por utilidad más que por exhibición. Había libros, muchos más de los que cualquier dama de sociedad habría considerado necesarios, y había luz, una luz amplia y generosa que parecía ocupar el espacio con una naturalidad que ninguna gran casa había logrado nunca.

—No es…  a lo que está acostumbrada —dijo Gabriel, dejando los guantes sobre una mesa lateral.

No sonó inseguro, pero tampoco completamente tranquilo. Anne recorrió la estancia despacio, observándolo todo sin prisa, como si quisiera aprender cada rincón antes de pronunciar juicio alguno.

—No —respondió al fin, girándose hacia él—. Es mejor.

—La compré con tanto esfuerzo como el cabriolet, aunque supongo que ahora deberé venderlo para comprar un carruaje para ambos. 

—Es suficiente, Míster Norfan. 

—No pretendo que viva en un nivel de vida inferior al que está acostumbrada, milady. Le prometo que trabajaré hasta que tenga el mismo número de sirvientes que en Derby House, por el momento, dispone usted de un mayordomo fiel y de una cocinera que, a su vez, hace de ama de llaves. 

—¿De verdad cree —dijo ella, con una calma que no admitía réplica— que he venido aquí a contar sirvientes? —No alzó la voz, pero tampoco la bajó. No había irritación en ella, sino algo más preciso: claridad—. Soy hija de un conde, sí. Y he vivido rodeada de comodidades que no necesito justificar. Pero no me he casado con su casa —Una leve pausa—. Me he casado con usted. Y no aceptaré que convierta eso en una deuda que tenga que saldar trabajando hasta agotarse. Es más, estoy dispuesta a trabajar tanto como usted, así me ha educado mi madre. 

Dejó que el silencio hiciera su parte antes de continuar, más despacio.

—No soy una dama que se conforme con lo que le dan, Míster Norfan. Soy una mujer que elige dónde está.

Otra pausa, más breve.

—Y he elegido esto.

Señaló la estancia con un gesto contenido.

—Así que no vuelva a prometerme una vida que no le he pedido.

Entonces, y solo entonces, suavizó apenas el tono.

—Si algo ha de crecer aquí… —añadió— no será el número de criados.

Sus labios se curvaron lo justo para que no fuera una sonrisa.

—Será lo que construyamos.

Gabriel no respondió, pero algo en su expresión cedió definitivamente, algo que llevaba tiempo preocupándole y que, por fin, encontraba reposo. No hubo más palabras. No hacían falta. Se instalaron sin ceremonia, sin anunciar nada, como si aquello no fuera una transición, sino el comienzo de un matrimonio dispuesto a hacer las cosas bien. 

Fue tres días después cuando llegó el carruaje.

El sonido se reconocía no por el ruido, sino por lo que implicaba. Lady Anne estaba en el pequeño despacho, revisando unos papeles —porque no había dejado de hacerlo ni siquiera allí— cuando lo oyó. No corrió, pero tampoco caminó despacio. Cuando llegó a la entrada, Gabriel ya estaba allí, erguido, imponente, esperando.

El  buen mayordomo, un señor mayor muy agradable que la recibió con entusiasmo como la nueva señora Norfan, abrió la puerta.

El conde de Derby, con su pomposa levita y sus guantes blancos, descendió del carruaje con la misma precisión de siempre, impecable, recto, pero no distante. Sus ojos buscaron a su hija antes que nada.

—Anne.

Ella no hizo una reverencia perfecta, no esta vez. Se acercó, y eso bastó.

Karen, la condesa, bajó detrás, y tampoco mantuvo distancia. —Hemos tardado demasiado en venir —dijo, con un claro tono de reproche hacia su esposo.

—Sabía que vendríais, madre. Y para mí, eso es suficiente —respondió Anne.

Karen la abrazó sin ceremonias, con una firmeza que hablaba más de alivio que de formalidad. El conde desvió la mirada un instante, como si concediera ese momento antes de reclamar el suyo.

—Míster Norfan.

Gabriel inclinó la cabeza, por educación y por cortesía, más no por sumisión. —Milord.

Hubo un silencio que no era incómodo, pero sí algo violento, como si cada uno eligiera con cuidado el terreno sobre el que iba a avanzar. El conde dio un paso al frente, observó la casa, dejó que su mirada recorriera el espacio antes de volver a fijarse en él.

—No es Derby House.

—No, milord.

—Tampoco es Ashwick House. 

—No, milord. Cualquier relación con mi tío está completamente rota. 

—Pero usted sigue siendo el próximo Barón de Ashwick.

Gabriel sostuvo la mirada del conde sin vacilar.

—No soy necio, milord. Ahora estoy casado y mi deber es ofrecer a su hija una vida digna de ella. Aceptaré el título cuando mi tío fallezca, pero no aceptaré trato alguno con él. Eso lo sabe perfectamente.

—Me alegra oírlo, pero no he venido solo a ver a mi hija —continuó el conde—. He venido a cerrar un asunto.

Gabriel asintió sin sorpresa, como si hubiera esperado ese momento desde antes incluso de cruzar aquella puerta por primera vez. —Ya está resuelto.

Sacó el documento sin solemnidad, una vez que todos se hubieron acomodado en el salón y el mayordomo hubo dispuesto la bandeja de té, con la precisión sobria de quien no necesita adornar aquello que ya es concluyente.

—Las tierras han sido liberadas de toda carga vinculada a Edmund Norfan —explicó—. El tribunal ha dictaminado fraude en la gestión de los documentos y ha anulado cualquier derecho derivado de ellos.

El conde lo tomó y lo revisó una vez, luego otra, con la atención minuciosa de quien no delega lo importante.

—¿Y usted? —preguntó al fin.

—He renunciado a cualquier reclamación personal —respondió Gabriel—. Las tierras vuelven a su señor Conde, a usted. 

Karen observó a su marido sin intervenir, dejando que la decisión naciera donde debía. El conde levantó la vista y negó.

—No.

Fue firme, sin duda.

Gabriel frunció levemente el ceño.

—Milord…

—Son suyas —El peso de la frase cayó con toda su autoridad—. Ahora forman parte de la dote de mi hija —dijo, y en ese mismo gesto extendió un cheque con una cantidad generosa—. Una dote que no se entregó antes porque este matrimonio no contaba aún con mi aprobación —Hubo una leve pausa, medida, deliberada—. Considérelo, Míster Norfan, como lo que es —Alzó la mirada hacia él—. Mi aceptación.

Anne se quedó inmóvil. —Padre…

—No es un regalo —continuó el conde, sin mirarla—. Es una decisión —Se acercó un paso más a Gabriel—. Sé lo que es construir algo —dijo—. Y sé reconocer a un hombre que no lo destruirá.

Gabriel sostuvo su mirada sin orgullo, pero sin falsa humildad. —Las haré crecer, se lo prometo.

El conde asintió una sola vez. —Eso espero.

Karen sonrió entonces, por primera vez sin reservas. —Sabía que no me equivocaba contigo, querido esposo.

Anne miró a ambos hombres y comprendió que aquello no era solo aceptación, sino integración, una forma distinta de pertenecer sin renunciar a lo que había sido. No había perdido su familia. La había transformado.

Y cuando Gabriel tomó su mano, ya sin ocultarlo, ya sin medir el gesto, nadie dijo nada, porque ya no hacía falta.

Edmund Norfan , por su parte, lo perdió todo, menos el orgullo, y en sus últimos días como barón hizo lo único que le quedaba por hacer: reconocer. La baronía de Ashwick pasaría a Gabriel, no como recompensa ni como triunfo, sino como legado.

Pero eso sería otra historia.

Y esta ya estaba completa.

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