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Novelas Victoriana Inglesa

Epílogo: Rendida al Duque

Dieciocho meses después.

Bristol seguía hablando de Eleanor Ashford, aunque, por supuesto, ya no la llamaba Eleanor Ashford salvo cuando alguien deseaba fingir una familiaridad que jamás había tenido con ella. 

En los salones, en las tiendas de modistas, en los bancos mejor situados de las iglesias y en las mesas donde las damas fingían tomar té cuando en realidad estaban desollando reputaciones con la misma precisión con que otras mujeres pelaban manzanas, Eleanor era ahora la duquesa de Ravenshire.

A veces decían el título con admiración, otras con veneno, y otras con esa mezcla deliciosa de envidia y resignación que solo podía producir una mujer que había escapado de un compromiso desdichado, había ganado una herencia oculta, se había casado con uno de los hombres más imponentes de Inglaterra y, para colmo, no parecía arrepentida de nada. 

Lady Agatha sostenía que aquello era lo que más indignaba a Bristol: no el escándalo, ni San Luke, ni la caída pública de Robert, ni siquiera el hecho de que Bear Colligan hubiera estado dispuesto a partirle la mandíbula a medio condado por ella. Lo imperdonable, según su tía, era que Eleanor hubiera sobrevivido al desastre sin pedir perdón por haberlo hecho.

Eleanor pensó en aquello esa mañana mientras observaba desde la galería acristalada de la casa de los Colligan cómo la lluvia fina resbalaba por los cristales y convertía el jardín en una mancha verde y plateada. 

No vivía en Westmere. Aquello seguía causando confusión entre quienes necesitaban que las mujeres hicieran siempre lo esperado con aquello que heredaban. Westmere no pertenecía a los Ashford. Tampoco a los Colligan. No formaba parte de ninguna propiedad familiar, ni de ningún acuerdo matrimonial, ni de ninguna contabilidad masculina donde las fincas parecían moverse de apellido en apellido.

Westmere era solo de Eleanor. Suyo de un modo tan claro, tan legal y tan profundamente íntimo que al principio casi le había dado miedo tocar aquella verdad. Y precisamente por eso había decidido no convertirlo en una residencia de verano, ni en un capricho ducal, ni en una finca más donde los hombres discutieran rentas mientras las mujeres elegían cortinas. 

Westmere, con sus tierras húmedas y sus viejos edificios medio abandonados, se había transformado en algo mucho más escandaloso: un pequeño conjunto de casas dignas para quienes jamás habían tenido una. Viudas sin renta, criados ancianos, madres con niños, familias empobrecidas que no necesitaban sermones sino un techo seco, una chimenea segura, una puerta que cerrara bien y una ventana por la que entrara la luz.

Bear la había acompañado la primera vez que los albañiles levantaron los muros nuevos, y Eleanor aún recordaba su silencio. Había caminado a su lado bajo una lluvia persistente, con el sombrero en una mano y la otra en la espalda de ella, como si incluso en campo abierto temiera que el mundo pudiera arrebatarle algo. Durante un buen rato no había dicho nada. Solo miraba las piedras, los planos, los obreros, las marcas en el barro donde se alzarían las primeras viviendas. 

Al final, con esa voz grave que Eleanor había aprendido a distinguir en todas sus formas —la voz de deseo, la de enfado, la de ternura contrariada, la de marido que intenta ser razonable y fracasaba—, Bear había murmurado que ella podría haber construido allí una casa para ambos. 

Eleanor lo había mirado entonces, con el viento metiéndole mechones de cabello bajo la capucha, y le había contestado que ya tenía una casa con él. Bear no había respondido. Se había limitado a mirarla como si acabara de entregarle algo mucho más peligroso que una promesa, y esa noche, al volver a casa, la había amado con una lentitud tan seria, tan agradecida y tan silenciosamente devota que Eleanor había comprendido que a veces una mujer sensata podía rendirse si la causa lo pedía. Y Bear era una causa magnífica. 

Ahora aquellas casas estaban habitadas. Desde la galería, Eleanor no podía ver Westmere, pero a menudo imaginaba sus chimeneas encendidas, los caminos nuevos, los niños corriendo entre los huertos pequeños, las mujeres tendiendo ropa en patios donde nadie podía llamarlas una carga. 

Lady Perla había visitado el lugar dos semanas antes y había encontrado defectos en casi todo: una cocina demasiado estrecha, un tejado que debía reforzarse antes del invierno, una ventana colocada de manera poco inteligente para aprovechar el sol de la tarde. Eleanor ya conocía lo suficiente a su suegra para entender que aquello equivalía a una bendición solemne.

Lady Agatha, en cambio, había sido más clara. Había golpeado el suelo con el bastón, había observado las casas con ojos duros y brillantes, y había dicho que por fin una Ashford hacía algo útil con una propiedad. Después había fingido que le había entrado polvo en el ojo, aunque estaban al aire libre, llovía y nadie tuvo el mal gusto de señalarlo.

Ashford Manor, por su parte, seguía en manos de Robert, aunque decirlo así era una simplificación que habría hecho sonreír a cualquier abogado con sentido del humor. 

Robert lo había conservado, sí, con sus retratos severos, sus deudas antiguas, sus pasillos donde Eleanor había aprendido a caminar sin hacer ruido y aquella fachada respetable que ocultaba más humillaciones de las que jamás admitiría una familia decente.

Pero lo había conservado gracias a un acuerdo de Lady Octavia, y Eleanor sospechaba que no había castigo más refinado para Robert que deberle su salvación a una mujer. Lady Octavia, que podía convertir la falta de cariño en una herramienta política, le había arreglado un matrimonio con Lady Beatrice Harbury, viuda joven de un baronet, hija única de un hombre poderoso y dueña de una fortuna tan sólida que hacía parecer romántico cualquier enlace por conveniencia.

Beatrice no era hermosa en el modo que Bristol premiaba con suspiros, pero tenía una espalda recta, una mirada fría y una mente educada para no pedir permiso donde podía imponer condiciones. Robert se había casado con ella en una ceremonia discreta, elegante y casi fúnebre. Bristol había acudido con la misma expresión con que se asistía a un entierro caro: respetuosa por fuera, hambrienta por dentro.

Desde entonces, según Charlotte, Robert sonreía menos y bebía más, mientras Lady Beatrice administraba Ashford Manor con una eficiencia que habría resultado admirable si no hubiera sido tan aterradora. Eleanor no sentía compasión. O quizás sí, a veces, una compasión delgada y distante, no por el hombre que él era, sino por la ruina de todo lo que pudo haber sido si no hubiera confundido el derecho con la posesión y la ambición con el amor.

—Estás pensando demasiado —dijo Bear desde la puerta.

Eleanor no se volvió enseguida. Sonrió mirando la lluvia, porque había aprendido que su marido detestaba no ser recibido de inmediato y que provocarlo era una de las diversiones más inocentes de su vida matrimonial.

—Soy una mujer con propiedades, una suegra Colligan, una tía Ashford instalada en tu casa y un hijo que ha heredado tu expresión de disgusto. Pensar demasiado es mi única defensa.

Bear cruzó la galería con esa manera suya de moverse que todavía le alteraba el pulso, lenta y poderosa, como si el suelo tuviera la prudencia de sostenerlo sin protestar. Se detuvo detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando una mano amplia sobre su vientre, que empezaba a crecer por segunda vez. Eleanor cerró los ojos un instante. Aquel gesto seguía teniendo la facultad absurda de desarmarla. No porque fuera posesivo, aunque Bear poseía incluso el aire que respiraba cuando la miraba así, sino porque en él había una seguridad que ya no la encerraba. La sostenía.

—Nuestro hijo no tiene expresión de disgusto —dijo él junto a su oído.

—Bear, ayer miró a Tiger durante cinco minutos y luego se echó a llorar.

—Eso demuestra discernimiento.

Eleanor rió, y la risa le salió tan libre que aún se sorprendió un poco, incluso después de dieciocho meses. Su hijo, Thomas Marian Colligan, dormía en el salón azul bajo la vigilancia alterna de tres mujeres que se despreciaban lo suficiente para no ponerse jamás de acuerdo y se querían lo bastante para no admitirlo: Lady Perla, Lady Agatha y la niñera. 

El niño tenía seis meses, un puño firme, el cabello oscuro de Bear y los ojos de Eleanor, según decía Charlotte con una ternura que siempre le ablandaba la voz. Lady Agatha insistía en que poseía inteligencia Ashford y terquedad Colligan, una combinación que, de no corregirse, podía llevarlo al Parlamento o al patíbulo. Lady Perla respondía que ningún nieto suyo acabaría en el patíbulo salvo que fuera estrictamente necesario para defender el honor de la familia. Eleanor, al escuchar aquello, había decidido que quizás su hijo necesitaba una institutriz antes de cumplir el año.

Bear apoyó la boca en su cuello, justo bajo la oreja, en un beso lento que no tenía ninguna intención inocente. Eleanor sintió que el calor se le extendía por la piel con una facilidad vergonzosa. La maternidad no había apagado nada entre ellos. Si acaso, había añadido nuevas formas de ternura al deseo, nuevas pausas, nuevas sonrisas cansadas en mitad de la noche, cuando Thomas lloraba y Bear se levantaba con el cabello revuelto, gruñendo como un oso mal despertado, solo para quedarse luego con el niño contra el pecho, caminando por la habitación hasta calmarlo. Eleanor había visto a aquel duque enorme, temido por deudores y respetado por hombres que jamás admitirían miedo, susurrarle tonterías a un bebé de tres semanas con la gravedad de quien negocia un tratado internacional. Y lo había amado tanto que a veces le dolía.

—Si sigues besándome así —murmuró ella—, llegaremos tarde al almuerzo.

—Ese era mi plan.

—Tu madre ha invitado a media familia.

—Precisamente por eso.

—Y Lady Agatha ha dicho que si no bajas puntual, asumirá que la pasión matrimonial te ha vuelto débil.

Bear levantó la cabeza.

—Tu tía vive en mi casa, critica mi puntualidad, insulta a mis hermanos y ha reorganizado mi biblioteca por autores que considera menos imbéciles. 

Eleanor se volvió entre sus brazos y le puso las manos en el pecho. —Lady Agatha no vive en tu casa.

Bear la miró con falsa severidad.

—¿No?

—Vive en nuestra casa.

Algo cambió en su rostro, como siempre que ella decía nuestra. No era una palabra grande. Pero en Bear parecía abrir puertas secretas. La besó entonces, despacio, con una contención que pertenecía a los pasillos familiares y no a las habitaciones cerradas. Eleanor le devolvió el beso con la misma suavidad, aunque sabía que ambos recordaban perfectamente la diferencia. Él se apartó lo suficiente para rozarle la frente con la suya.

—Duquesa —susurró.

—Oso insoportable.

—Mujer insolente.

Bear sonrió, y Eleanor pensó, como siempre, que aquella sonrisa seguía siendo uno de los milagros privados de su vida. Luego, desde el pasillo, llegó la voz de Tiger.

—Si habéis terminado de producir herederos o de ensayar para ello, vuestra presencia se requiere abajo. Wolf ha llegado con su esposa.

Bear cerró los ojos con expresión de paciencia asesinada.

—Voy a matarlo.

—¿A Tiger?

—A Wolf. A Tiger. A cualquiera que haya decidido convertir el desayuno en una reunión familiar.

Cuando bajaron, la casa de los Colligan tenía ese aire de caos elegante que Eleanor había llegado a considerar normal. Lady Perla estaba de pie junto a la chimenea del salón principal, impecable, con Thomas en brazos y una expresión que sugería que el niño era el único varón Colligan del que todavía podía esperarse una conducta razonable.

Lady Agatha ocupaba el sillón más próximo al fuego, bastón en mano, mirando la escena con el placer sombrío de una general ante un campo de batalla prometedor. Tim estaba junto al aparador, sirviéndose una copa con la resignación de un hombre que había criado demasiados hijos y seguía sorprendiéndose de que sobrevivieran. Tiger, duque de Blackmoor, sonreía como si alguien hubiera dejado una caja de pólvora abierta y él solo esperara una vela. Charlotte, que visitaba a Eleanor con frecuencia desde Ashford Manor y parecía cada día menos cohibida, observaba desde un lado con los ojos muy abiertos.

Lady Cassandra Harcourt también estaba allí.

Aquello, por supuesto, no era casualidad.

Lady Perla podía fingir muchas cosas, pero no inocencia. Había invitado a la hija del duque de Lyndham con el aire de quien solo deseaba una visita agradable, cuando en realidad la había colocado en mitad del salón como quien deja un anzuelo perfectamente afilado en un estanque lleno de peces arrogantes.

Y Tiger lo sabía.

Se notaba en la forma en que evitaba mirarla demasiado.

Lo cual, tratándose de Tiger, equivalía casi a una declaración pública.

En el centro del salón estaba Wolf.

Wolf Colligan, duque de Coldhaven, no parecía un hombre dispuesto a dar explicaciones. Tampoco parecía un hombre que comprendiera por qué los demás las consideraban necesarias. Vestía de negro, como era habitual en él, con esa calma fría que le daba el aspecto de haber nacido en una habitación cerrada con llave. A su lado estaba Helena Vane, duquesa de Coldhaven, su esposa, aunque la palabra esposa seguía produciendo en la familia una reacción parecida a la de una pistola cargada sobre una mesa de té.

Eleanor la recordaba de San Luke, aquella noche en que la verdad había salido de un arcón polvoriento para liberar Westmere y hundir a Robert. Helena ya entonces le había parecido una mujer complicada. Vestía de gris perla, sin joyas llamativas, con el rostro tranquilo y unos ojos oscuros que no pedían aprobación ni ofrecían explicaciones.

Wolf inclinó la cabeza.

—Madre.

—No me llames madre como si eso fuera a mejorar la situación.

Tiger se apoyó en el respaldo de una silla.

—En defensa de Wolf, creo que lleva meses intentando evitar cualquier conversación familiar que incluya la palabra esposa. Es una estrategia cobarde, pero comprensible.

Lady Agatha soltó una tos que sonó peligrosamente parecida a una risa.

Helena Vane miró a Tiger con calma.

—Duque de Blackmoor.

—A su servicio, duquesa. O señora Colligan. O enigma familiar. Aún estamos ajustando los títulos.

—Qué alivio —respondió ella—. Temía que la familia fuera aburrida.

Eleanor sintió que Bear se quedaba muy quieto a su lado. Luego, muy bajo, murmuró:

—Dios nos ayude.

Wolf no apartó la mirada de su madre.

—Helena y yo ya llevamos tiempo casados. No veo por qué seguimos fingiendo que es una noticia.

—Porque, querido —dijo Perla con una dulzura letal—, cuando un hijo mío se casa en secreto, desaparece durante meses, regresa con una esposa a la que apenas conocemos y espera que todos aceptemos la situación como si hubiera cambiado de sastre, la noticia conserva cierta frescura.

—No me casé por capricho.

—Eso espero. El capricho habría sido casi tranquilizador.

Helena entrelazó las manos delante del cuerpo. El anillo brilló con discreción bajo la luz gris de la mañana.

—Nuestro matrimonio obedeció a razones privadas.

—Todos los desastres empiezan así —murmuró Lady Agatha.

Tiger levantó una copa imaginaria. —Y los buenos, además, terminan peor.

Eleanor miró a Bear. Él no sonreía. Observaba a Wolf con esa alarma profunda que solo nace del cariño mal disimulado. No parecía enfadado por el matrimonio. No exactamente. Parecía preocupado por todo lo que Wolf seguía sin decir.

Eleanor le tomó la mano. Bear entrelazó los dedos con los suyos sin apartar los ojos de su hermano.

Perla, por fin, se acercó a Helena. Durante un instante las dos mujeres se estudiaron. 

—Espero que sepa usted lo que ha hecho —dijo Perla.

Helena sostuvo su mirada.

—No del todo, lady Perla. Pero sé por qué lo hice.

Aquella respuesta fue peor que una confesión.

Wolf giró la cabeza hacia su esposa. No hubo ternura visible entre ellos. Tampoco frialdad. Había algo más difícil de nombrar: un pacto. Una deuda. Una alianza que quizás protegía tanto como hería.

Eleanor sintió que la historia cambiaba de manos por un instante. Su propia batalla había terminado. Robert seguía vivo, humillado y mucho menos poderoso. Westmere volvía a respirar bajo su nombre. Bristol podía hablar hasta gastarse la lengua. Lady Agatha podía fingir que no amaba a los Colligan mientras se apropiaba de sus mejores sillones. Bear podía seguir haciéndola rendirse cada noche sin que ella dejara de pertenecerse.

Pero Wolf y Helena guardaban otro secreto.

Uno oscuro.

Uno que no pertenecía a esa historia.

Tiger, en cambio, sí parecía pertenecer peligrosamente a la siguiente.

—En cualquier caso —dijo él, con ligereza estudiada—, Wolf se casó primero. Lo cual significa que, según esa absurda condición matrimonial que nuestros padres inventaron para domesticarnos, Coldhaven ha ganado la apuesta.

Tim cerró los ojos. —No era una apuesta.

—Padre, cuando tres duques solteros reciben una condición relacionada con matrimonio, herencia y propiedades, eso es una apuesta. La única diferencia es que nadie tuvo la decencia de ponerlo por escrito en una mesa de juego.

Lady Cassandra, que hasta entonces había permanecido en silencio, alzó la mirada hacia Tiger.

—¿Y le molesta haber perdido?

Tiger sonrió.

—Lady Cassandra, yo nunca pierdo. Solo permito que otros se adelanten para estudiar el terreno.

—Qué forma tan elegante de llamar derrota a la derrota.

La sonrisa de Tiger no desapareció, pero algo en sus ojos cambió. Eleanor lo vio. Bear también. Cassandra acababa de tocar una fibra que Tiger no estaba acostumbrado a dejar al alcance de nadie.

—Tenga cuidado —dijo Tiger suavemente—. Podría empezar a pensar que disfruta hiriéndome.

—No sea vanidoso, excelencia. Si algún día decido herirlo, lo sabrá.

Lady Agatha murmuró: —Me gusta esa muchacha.

Perla, aún con Thomas en brazos, miró de Cassandra a Tiger con una quietud demasiado interesada.

—Un acuerdo es un acuerdo —dijo Tim, retomando el hilo con evidente cansancio—. Si Wolf se casó antes que sus hermanos, la condición queda cumplida.

Tiger abrió las manos.

—Maravilloso. Coldhaven gana propiedades, negocios y una esposa misteriosa. Bear gana una guerra con los Ashford y una duquesa que lo mira como si todavía no hubiera decidido si adorarlo o matarlo. ¿Y yo qué gano?

Cassandra tomó una taza de té de una bandeja. —Humildad, quizás.

Tiger la miró. —Eso sería una crueldad innecesaria.

—Entonces esperanza —replicó ella—. Aún puede aprender.

El silencio que siguió fue delicioso.

Por primera vez en toda la mañana, Tiger no encontró respuesta inmediata.

Bear se inclinó hacia Eleanor.

—Eso no le ocurre nunca.

—Entonces deberíamos recordarlo —susurró ella—. Quizás sea histórico.

Tiger, todavía mirando a Cassandra, murmuró:

—Me temo que voy a odiar a esta mujer.

Lady Cassandra bebió un sorbo de té sin apartar los ojos de él.

—Qué comienzo tan prometedor.

Y Eleanor, con la mano de Bear entrelazada con la suya, comprendió que algunas historias no empezaban con un beso, ni con una herencia, ni con una promesa.

Algunas empezaban con dos personas demasiado inteligentes para rendirse… y demasiado orgullosas para admitir que ya habían comenzado a caer.

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